Yo no nací para obedecer

Por: Dulce Reyes

Tenemos que rebelarnos contra esa imposición de la desdicha como destino y tratar de imaginar algo diferente, a partir de ciertas certezas que todavía nos quedan
Eduardo Galeano

Cuando veo la urgencia de los padres para que los hijos hagan la tarea cuando se les pide y como se les pide, cuando veo la disciplina férrea en la escuela y en los lugares de trabajo, o en las calles y los parques donde ya se establecen reglas terribles de sociabilidad, pienso en el porqué, me lo pregunto a cada rato. ¿Por qué tengo que hacer tal o cual cosa? ¿Por qué tengo que actuar de esta manera o de otra? ¿Por qué tengo que sujetarme a tales designios? ¿De dónde vienen? ¿Cuál fue el Dios que lo estableció y que continúa refrendándolos?

Son preguntas que no he podido contestar y no he conocido al sabio que me convenza de alguna respuesta. Hace un par de días escuchaba una entrevista realizada hace tiempo a Eduardo Galeano en Los siete locos, un programa cultural argentino conducido por Cristina Mucci, el cual me brindó una serie de pensamientos que abonaron a esas respuestas, como siempre lo ha hecho Galeano a mis cuestionamientos.

Él decía que todavía hay gente capaz de sobrevivir dignamente, desobedeciendo las órdenes de un poder que nos está dejando sin mundo. Recordó el fatídico 11 de septiembre de 2001, cuando los aviones embistieron las torres gemelas de Nueva York. Dijo: cuando se embiste la segunda torre, la gente huye desesperada volando escaleras abajo, y ahí los altavoces resuenan ordenando que todos regresen a sus puestos de trabajo. ¿Quiénes se salvaron? Se salvaron los que no obedecieron. Yo creo que por ahí va la cosa. El sagrado derecho a la desobediencia ante un poder que te manda combatir al prójimo, porque el prójimo es tu competidor, tu enemigo, verlo como una amenaza, en lugar de reconocerlo como una promesa.

Entonces pensé que la desobediencia puede no ser mala para todos, pues incluso grandes filósofos de la Ilustración hablaban de desobedecer las leyes injustas, como John Locke, y Gandhi realizaba campañas de desobediencia ante lo injusto e ilegítimo, e incluso en la teoría para la paz se habla de ella. ¿A qué tipo de desobediencia se refieren? Claro, a la desobediencia ligada a la autonomía, la razón y la libertad, no a la violencia ni a la falta de respeto, ni a la anarquía, ni al desconcierto.

Lo cierto es que para que las diversas instituciones puedan sobrevivir, es necesario obedecer sus designios. La Iglesia los llama dogmas; el Estado, leyes; la familia, creencias o respeto; y la escuela, reglas. Dicen que eso se estableció en un contrato social que nadie conoce, algo así como un Dios que nadie ha visto pero en el que todos creemos, y del cual no cabe cuestionamiento alguno, porque si no se convierte en una herejía social y hasta cárceles hay para castigar a los rebeldes. Recordemos que tan sólo en el gobierno de Enrique Peña Nieto se contabilizan 350 presos políticos, luchadores sociales, que han cuestionado y han actuado en favor de sus ideales y de las mayorías. ¿Delito? ¿Obedecer a las necesidades y urgencias colectivas? ¿Desobedecer el contrato social que se sufre y mata de hambre e impunidad?

La desobediencia es una forma de cuestionamiento eterno, de cambios absolutos, de razón, algunos despectivamente la llaman rebeldía, indisciplina, inmadurez, sinrazón, e incluso, hasta anarquismo. Los términos no suenan mal si es que no los juzgamos, y mejor aún, tratamos de entenderlos. Las palabras son creadoras, construyen pero también destruyen sublimes fines. Desobediencia es una forma de construir la paz y de reconstruir al humano que llevamos dentro. Repito, no relacionado con la violencia, sino con el pensar y actuar en favor de nuestras necesidades y dignidades.

Y mientras esto escribo, aquí estamos la mayoría, obedeciendo, siguiendo, reafirmando lo establecido o impuesto. Tal vez, eso es a lo que realmente le llaman democracia, porque de este lado sí somos la mayoría, no opinamos mucho, pero somos los más. Así desde pequeños nos arman, de poquita obediencia cada regaño, cada año, hasta que nos llenan de realidad e invisibilizan la dignidad.

Así, el mundo rompecabezas también se arma de obedientes y desobedientes, de ciegos y videntes. Cuando me topo en el camino con aquellos que luchan por su derecho a la desobediencia, los reconozco, los observo, los entiendo, y me encanta escuchar cuando dicen con sus palabras, pero sobre todo con sus acciones: yo no nací para obedecer.

Ilustración de Blanca Reyes

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