¿Sigue Mi Consejo, Mas No Mi Ejemplo?

Por: Juan Alejandro Hernández Sánchez

Dar ejemplo no es la principal forma de influir en los demás, es la única.
Albert Einste
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Actualmente el hacer la pregunta ¿Qué voy a comer hoy? se ha dejado en el mero hábito de debo comer, e incluso me atrevo a indicar que ya se nos ha hecho una mera programación conductual para llevar alimentos a nuestro organismo y seguir en nuestras actividades diarias; y es que la elección de la comida se ha transformado en un simple requisito diario, tomando en cuenta (en el mejor de los casos) el sabor como el único factor para elegir qué comer. Y si aunado a esto le agregamos el rubro económico para elegir la comida, se hace más complicada la situación.

Y no estoy hablando del llevar las tres comidas al día que como requisito mínimo se deben tomar, sino que actualmente se ha omitido una e incluso dos comidas (desayuno y cena) y solo se medio come a media jornada laboral.

Pero he aquí la cuestión en la cual me interesa profundizar: ¿Cómo es que funcionamos sin combustible? Empezamos por la mañana con un simple café y unas galletas, las cuales nos permiten medio empezar el día, a media mañana vas a la máquina por unas papas para aguantar el estrés matutino y de ahí te esperas a la hora de la comida para poder salir o poder calentar aquello que llevas a la oficina y así saciar y controlar esos rechinidos que salen de la “panza”. Pero ahora si hay hijos en la ecuación se ve alterado este panorama, porque debes preparar el lunch de la escuela que van a llevar los niños y aparte debes preparar el desayuno que toman en casa, cambiarlos, peinarlos y apurarte para que lleguen temprano y no los dejen fuera del colegio.

A nuestros hijos les exigimos que desayunen bien, que se coman todo en la escuela y que se terminen todo lo que se les sirve en el plato a la hora de comer, porque ellos deben de estar fuertes y sanos y deben tener energía suficiente para que pongan atención en clase y no se estén durmiendo mientras les enseña el maestro que dos más dos son cuatro y no siete.

Pero ¿cómo podemos exigir algo que nosotros no somos capaces de llevar a cabo?

Esta es la paradoja que nos acecha día a día y que no nos deja estar tranquilos, el cómo exigirle a los hijos que se alimenten bien y que cuando preguntemos qué desean comer lo primero que escuchemos sea un “quiero una ensalada”, o “quiero un caldo de pollo”, o algo que es el sueño de toda madre, “quiero una sopa de verduras”. Sin embargo, lo que escuchamos es “quiero una pizza” o “una hamburguesa que trae juguete” u otra cosa que simplemente tiene un bajo o incluso nulo aporte nutricional.

Tenemos que volvernos un ejemplo a seguir para nuestros hijos, primos, sobrinos, vecinos, etc., y no solo exigir que hagan lo que nosotros decimos porque ya somos adultos y sabemos qué es lo mejor para ellos.

Debemos cambiar esa mala costumbre de exigir que sigan nuestros consejos y que no se fijen en lo que nosotros hacemos, sino en convertirnos en el ejemplo a seguir, ya que bien dice el dicho: una imagen vale más que mil palabras.