La fuerza de lo invisible

Por: Silvia Megías Ortiz

Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo
Eduardo Galeano

Vivimos en una sociedad cada vez más acostumbrada a los mensajes a grandes masas. A la influencia de gran poder que queda hipnotizada ante cualquier palabra de falsa esperanza y promesas de grandes logros. Poco o casi nada queda del reconocimiento colectivo a la gente de a pie.

A la gente de los “grandes madrugones” y dormir hasta tarde pensando en cómo se las gastará el futuro, que en algunas ocasiones es bastante jodido. Entre estas personas se encuentran los invisibles, como les llamo yo. Los que han pasado el madrugón se levantan, salen a la calle y pasan el día como pueden y a sus espaldas lo único que les queda, su generosidad, que no dudan en compartirla con el resto.

Así son las personas humildes, las que ofrecen sin límites, sin esperar nada a cambio. Sin esperar reconocimiento al nivel de los leos o los cristianos. Se tratan de personas que generan vida y la ofrecen sin dudarlo a pesar de tener la muerte muy cerca. Aquellos que a sabiendas de que lo poco que tienen no les va a convertir en privilegiados, lo comparten y lo entregan a aquellos en su misma o más desafortunada situación. Existen multitud de personas como las que acabo de describir, pero no tienen el reconocimiento de las grandes figuras con privilegios desorbitados, con los que se pueden permitir la generosidad.

A todos ellos y ellas les dedico tales palabras. ¿El motivo? La fuerza que desprenden con actos pequeños. Porque no hacen faltan grandes actos sino cotidianas acciones para mejorar la realidad y ajustarlo al valor de la justicia.

Puede que a muchos les cueste llegar a entender tal afirmación, pero la fuerza de lo pequeño y cotidiano ejerce mayor influencia en realidad que lo popularmente establecido. Sí puede haber grandes labores con cantidad de inversión económica empleada, pero con el tiempo tal inversión puede convertirse en gran interés de negocio. Pero cuando la ayuda llega desde abajo, desde la “plebe” desprotegida y desafortunada, el valor de su consecuencia es infinitamente más rentable tanto por la ayuda en sí que ofrece para aliviar tal problema como el valor ejemplar que se genera.

Así, lo que ocurre es que no lo apreciamos igual que como se aprecia el anuncio en televisión o el partido retransmitido. Éstas últimas son formas de evadir a ratos lo relativamente más importante: los problemas de infraestructura con consecuencias desafortunadas en los menos afortunados.

Por eso es importante dar valor, voz y agradecimiento a las decenas y millones de personas que en cualquier parte del mundo realizan una supuesta insignificante ayuda o acción humanitaria. Es de agradecer la generosidad ejemplarizante que como la globalización, al final se expande y contribuye. Porque lo que ocurre aquí influye enormemente en lo que ocurre allá. A partir de ahora lo empezaré a llamar la fuerza globalizadora. Lo invisible como potencial del cambio y de mejora. Porque así es como surge la existencia y la vida, de la explosión de pequeñas partículas de las que nunca fuimos conscientes.

Ahora mismo nos encontramos en una situación similar. Una especie de ausencia ante lo que ocurre y una inconsciencia ante cómo se actúa. Un desconocimiento ante las buenas acciones reales y la manipulación de quienes aparentemente ofrecen su mano pero esconden interés y populismo.

Por eso, fijémonos en nuestro alrededor. Observemos los comportamientos más cercanos. Desde nuestra familia, nuestros amigos y amigas y la gente del barrio. Entre todos ellos existen las fuerzas globales e invisibles. Las fuerzas que generan el buen hacer y contribuyen a la buena fuerza colectiva y globalizadora del aquí y su contribución al allí porque “en lo aparentemente invisible es donde encontramos lo realmente fuerte y duradero”.

Fotografía de Horacio Hernández Bringas