La cultura de las adicciones

Por: María Dolores Bautista Cruz

“Nadie que, como yo, conjure a los más malignos demonios semisalvajes que pueblan el corazón humano e intente luchar contra ellos puede esperar salir ileso de la lucha” (Freud, citado en Rollo, 1992: 141).

Los terapeutas, así como todo humano, piensan, sienten y actúan. Al transcurrir el tiempo de vida de todo humano, se van acumulando experiencias, algunas parecen ser irrelevantes, unas más significativas que otras. Pero sólo las experiencias significativas son las que conmocionan el alma, y son precisamente estas las que ayudan a continuar el desarrollo cognitivo, social, cultural y por qué no decirlo, también ayudan al desarrollo espiritual.

Todo aquel que tenga la pretensión de curar el alma, sabe que antes de ello hay que comprender, es justo ahí, cuando es necesario descender al infierno, tal como Dante lo hizo en La Divina comedia y como lo hace el terapeuta, sobre todo, en el caso de adicciones como el alcoholismo.

Es sabido que existen distintos enfoques, métodos de intervención, clínicas, fundaciones, etc., que suponen, rehabilitan a los seres humanos que tienen ciertas adicciones. Sin embargo, la mayoría de los pacientes tienen recaídas, lo cual lleva a cuestionar el papel que juegan estas instituciones, pues de acuerdo a Foucault (1992) las instituciones son ramificaciones de las relaciones de poder, donde hay alguien que domina, y otro que se somete. En este sentido, toda rehabilitación es asimétrica, y por ende, los modelos de intervención. Entonces, ¿dónde está el sentido humanista de los profesionistas encargados de curar el alma y el cuerpo del humano que tiene una adicción?

Tal parece que es conveniente para el sistema capitalista que los seres humanos que sufren de una adicción no se curen. No obstante, para el terapeuta con vocación, no debe ser indiferente, ni contribuir a esta lógica. Además, le exige proponer modelos de intervención eficientes y eficaces, desde enfoques, por ejemplo, humanistas y existencialistas.

Toda persona que ha intentado ayudar a un otro que tiene adicciones (alcoholismo, tabaquismo, etc.) conoce la complejidad que revisten las mismas, en primer lugar, porque no se puede tratar de manera aislada; en segundo, porque ponen de manifiesto el masoquismo del adicto, pudiendo desencadenar hasta la muerte; y, en tercer lugar, develan en palabras de Freud, el malestar latente de la cultura. El infierno de todo aquel que pretenda curar el alma puede consistir en saber que no puede curar, al que no quiere ser curado, ante lo cual, se es impotente.

Bibliografía

Foucault, Michel (1992). Microfísica del poder. Madrid: La Piqueta.

Rollo, May (1992). La necesidad del mito. Barcelona: Paidós.

Fotografía de Horacio Hernández Bringas