El pecado de una fe ciega y muda

Por: Dulce Rocio Reyes Gutiérrez

El argentino Jorge Mario Bergoglio, mejor conocido como Papa Francisco, convocó en septiembre 2018, a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo, a una reunión en la Santa Sede, entre el 21 y 24 de febrero de 2019, para tomar medidas contra los abusos sexuales ocurridos dentro de la Iglesia Católica y atajar este gran escándalo global.

“Pido a nuestra Madre Santísima que interceda por la sanación de todas las víctimas que han sufrido abusos de cualquier tipo y que confirme a cada miembro de la familia cristiana en el firme propósito de no permitir nunca más que estas situaciones ocurran”, escribió el Papa en un twitt el 26 de agosto de 2018. Con estas declaraciones, ha aceptado la gran culpa de la Iglesia, al admitir los abusos que se han cometido en diversas iglesias del mundo contra menores de edad, y por ende, la perversidad en la que han participado sus dirigentes, al encubrir y no atender de una forma humana y justa, los crímenes contra menores.

Ya en la reunión del 21 de febrero, a la que asistieron 190 líderes de la Iglesia Católica, se plantearon 21 propuestas para atender y evitar los abusos sexuales en la Iglesia Católica, entre las que se encuentran: establecer estructuras de escucha para analizar los casos; acompañar, proteger y atender a las víctimas en su proceso de sanación; impulsar iniciativas de formación de obispos, superiores, clérigos y agentes pastorales para concientizar sobre las causas y consecuencias de los abusos sexuales; así como incluir expertos laicos en las investigaciones, entre otros más.

Claro, esta es una primera reunión en la que quedaron muchos puntos pendientes, incluso hubo posturas duras de las víctimas presentes contra las propuestas, como el caso del catalán Miguel Hurtado, víctima de un monje benedictino de Monserrat, quien aseguró que “los puntos de reflexión son muy flojos. No incluyen la tolerancia cero, no dicen que todo sacerdote que ha abusado de un menor tiene que ser expulsado inmediatamente; no hablan de mecanismos de rendición de cuentas para que los obispos encubridores o el abad de Montserrat sean cesados de sus puestos de trabajo; no hay la denuncia automática en todos los casos de abuso sexual; no habla de transparencia, de que los archivos de la perversión, los archivos canónicos donde hay todas las evidencias, se entreguen a las autoridades civiles… Por lo tanto si esto es lo mejor que tiene que ofrecer el Papa, esta cumbre va a ser un absoluto y completo fracaso”, se menciona en una nota del portal La Vanguardia.

Ahora, los Legionarios de Cristo en un documento o informe titulado “1941-2019, sobre el fenómeno del abuso sexual de menores en la Congregación de los Legionarios de Cristo desde su fundación hasta la actualidad”, reconocen que desde 1941 hasta nuestros días, 175 menores han sido víctimas de abusos sexuales cometidos por 33 sacerdotes de esa congregación. Dentro de esta cifra se incluyen los 60 menores abusados por su fundador, Marcial Maciel. De los abusadores se informa que seis han muerto, 8 han dejado el sacerdocio, uno se alejado de la congregación y 18 continúan en la misma, ejerciendo diversas actividades, pues han sido apartados del trato pastoral con menores.

“Los Legionarios de Cristo, con esto, desean dar un paso más al confrontar su historia para conocer y reconocer el fenómeno del abuso sexual de menores y favorecer la reconciliación con las víctimas”, se lee en el informe.

Por lo visto, el agua les ha llegado hasta el cuello y no han tenido más opción que confesar sus pecados, ya no en un confesionario asegurado por 4 grandes y ostentosas paredes, sino a través la información pública que las víctimas, sus familiares y las sociedades completas merecen, como un acto mínimo de restauración del daño, porque la justicia, la sanación y la reconciliación nunca pueden llegar en la negación y el silenciamiento de los delitos.

Si ya hasta el Papa ha reconocido la culpa de esta institución y de sus sacerdotes abusadores, ¿qué pasa entonces con los feligreses, con los fieles seguidores de los dogmas católicos? ¿Han asumido su responsabilidad en los casos? ¿Se han manifestado contra estos abusos en sus iglesias, reuniones, misas, retiros y sus encuentros masivos, siguiendo sus imperativos religiosos? ¿O acaso la fe los ha cegado e insensibilizado? ¿Han olvidado que el sexto mandamiento “No cometerás actos impuros” y el noveno “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”, han sido violados sistemáticamente por sus líderes? ¿O entienden el silencio y la vergüenza como una manera de reconciliación con quienes han sufrido los abusos todos estos años?

Son preguntas que los seguidores de los dogmas católicos podrían contestar, pues yo no entiendo qué sucede. No los escucho en sus conversaciones y eventos, abordar de una manera honesta, responsable, crítica y justa, el gran pecado que arrastran como institución, a la cual ellos y ellas pertenecen. Si no se habla del tema ni se busca sanar las consecuencias de los abusos, ¿podría considerarse como una complicidad perversa, pues el Papa lo ha aceptado, pero los feligreses siguen sintiendo pavor al hablar sobre el tema y más aún, al tomar medidas diversas y creativas para atender las consecuencias de tantos años de silencio e injusticia? Ojalá, como un deseo para 2020, la comunidad católica asuma la responsabilidad que tiene ante la problemática, situación que ha deslegitimado mucho a la institución, principalmente ante las generaciones más jóvenes, pues son conscientes de la incongruencia entre dogmas y acciones de la Iglesia Católica, principalmente de quienes deberían ser el ejemplo más fiel de honestidad y respeto al prójimo.

Recordemos pues, que la fe mueve montañas, aunque parece que la indignación de las sociedades mundiales no ha movido a los creyentes a manifestarse ante el tema, como una manera simbólica de reconocimiento de la situación, empatía y exigencia en la aclaración de los casos y del dolor que muchas familias arrastran desde varias décadas y que seguramente muchas de las víctimas colaterales han muerto sin saber de justicia. Urge que se hable del tema y se busquen formas reales de restauración del daño, reconciliación y no repetición, por parte de quienes no han sido abusadores ni son altos clérigos, pero que sí sostienen a la Iglesia y al Vaticano: los devotos.

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