¡Qué tipo de paz nos están vendiendo!

Por: José Javier Capera Figueroa

Aunque suene difícil de comprender aún en nuestros tiempos, parte de la cultura política colombiana no se acepta a sí misma ni mucho menos está abierta a los cambios profundos que requiere la construcción de una paz desde las regiones. En las últimas columnas que he escrito, he podido demostrar la necesidad de cinco puntos fundamentales que permitan una reflexión íntima de la paz desde las zonas más vulnerables:

1) La lucha política de los pueblos étnicos debe ser un factor central, al momento de implementar los acuerdos de paz en los territorios que históricamente han sido excluidos pero sin ser explotados por parte de las élites que han gobernado este país.

2) El sentido común de pensar la paz significa incentivar la cultura, y proponer formas alternas de hacer de la política una vocación, mas no un negocio, algo muy complejo en estos momentos, pero sería más traumático no intentar pensar en este camino tan profundo.

3) La condición de ser afro e indígena no es sinónimo de ser un ciudadano de segunda categoría, y vivir la discriminación estructural en los distintos espacios sociales de nuestra sociedad. El intento de construir una paz “estable y duradera” debe encaminarse en reflexionar las necesidades de los pueblos azotados por las guerrillas y los paramilitares, no nos podemos olvidar de las catástrofes vividas en Gaitania, Buenaventura, Ortega, Chaparral y Bojayá, sólo para recordar algunas masacres.

4) Si consideramos sólo la paz como un acuerdo entre dos élites, una de izquierda y otra de derecha, volvemos a la lógica miope de creer que la paz es si solo si un proyecto de los grandes sectores económicos, políticos y sociales que han impuesto un realidad de orden colonial sobre este Estado sin “nación”. Véase: http://www.elespectador.com/opinion/la-paz-sin-indigenas-ni-afros-columna-681476

5) De esta manera, la capacidad de construir una paz territorial, debe ser una apuesta desde adentro que ponga en cuestionamiento los actores y los impulse de manera crítica a reflexionar sobre sus propias condiciones y pensar en distintas alternativas a partir de los actores que han vivido categóricamente las esquirlas del conflicto armado.

Nos queda claro el tipo de paz – neoliberal que se está proponiendo y ejecutado. En el sentido más profundo continúan los megaproyectos mineros, energéticos e hidroeléctricos, la nulidad de las consultas populares por parte de los municipios que reclaman una soberanía sobre sus territorios (Cajamarca e Ibagué, por mencionar algunos), la pobreza aumenta categóricamente, aunque suene paradójico, en Buenaventura la gente vive alegre este momento, el puerto está calmado como se escuchan las calles, pero el desempleo y la necesidad de un mejor vivir es cada vez más profundo, eso si el gobierno sigue su lógica de ampliar el puerto, y desplazar forzosamente a los rivereños o habitantes de baja mar, una de la zonas más humildes del principal puerto de Colombia.

No obstante, todavía sigue la presión de la derecha colombiana por parte de Centro Democrático proponiendo marchas en contra de la corrupción, pero en el fondo ha sido lo mismo que por décadas han impulsado, no sólo es el caso de Odebrecht, Reficar, los carruseles de la salud, contratación y la fuerte privatización de las empresas paraestatales, es la lógica de imponer un proyecto político a base de mentiras o con intensiones criminales. En el fondo vivimos aquella frase del maestro William Ospina “los mismo de siempre pero con diferente artimañas”.

En conclusión, lo complejo del asunto es que ni los indígenas ni los afros han sido actores fundamentales para pensar lo que han llamado el “postconflicto” que sería mejor denominarlo “postacuerdo”, ya que un conflicto tan estructural como es el colombiano difícilmente se acabará de la noche a la mañana. Son grandes los retos que merece nuestra época, pero también es fuerte el reclamo de transformar parte de la cultura política centralista, las prácticas politiqueras, y aunque suene muy iluso, las mentalidades facilistas que van de la mano con la mermelada desde el Congreso hasta en las pequeñas administraciones.

Post-scriptum: Ahora aplica el dicho de nuestros viejos, “al que no le guste la sopa se le da dos tazas”, o si pareciera mejor, “el tiro se le salió por la culata”. Está sucediendo con el alcalde de Ibagué que recibió gran apoyo por parte de sectores sociales y comunales excluidos de la ciudad. Ahora la consulta popular es cada vez más incierta, y si pareciera poco, su proyecto “modernizador” de los hospitales está dejando familias sin su sustento diario.

Fotografía tomada de http://www.frenteampliocol.org