Roles de género en la sociedad mexica

Por: Felipe Montaño

 

Noemí Quezada realizó una importante investigación que todos debemos conocer: Mito y género en la sociedad mexica, de ahí extraemos el tema del rol de la mujer en la sociedad mexica para este texto.

De acuerdo a Noemí Quezada, la sociedad mexica veía en la religión la autoridad máxima en todos los planos. La religión establecía equilibrio en el plano cósmico y en el plano social, y lo lograba a través del uso de la oposición binaria, simétrica, complementaria de lo masculino y lo femenino. Cualquier tipo de violación a este equilibrio significaba poner en peligro el sistema por completo. Si un hombre maltrataba a una mujer, sin importar el tipo de relación que tuviera con ella, este podía recibir el castigo de los dioses (la sanción desde el plano cósmico) reflejándose en algún tipo de desastre –un exceso de lluvias, por ejemplo- que sufriría toda la comunidad. Así mismo, el maltratador no solo enfrentaba la ira de los dioses, también debía responder a la ley de los hombres que evitaba la reincidencia en el delito mencionado (la sanción desde el plano social). El hombre no podía maltratar a la mujer y tampoco la mujer podía maltratar al hombre.

La sociedad mexica, entonces, tuvo una religión donde hombres y mujeres fueron sujetos de manera igualitaria a cumplir una normatividad. Y también obligados a cumplir con el rol asignado por la propia religión. Es decir, la mujer tendría su ámbito de acción social en el campo doméstico, y el hombre en el campo público. El proceso de asignación del género comenzaba en el nacimiento de los niños, pues al cuarto día de su nacimiento era asignado el nombre del niño y su género con la presencia de utensilios simbólicos de acuerdo a su diferencia sexual (para la niña, un telar, para el niño una rodela –escudo- y flechas).

La primera etapa de la vida de hombres y mujeres era, desde luego, la infancia, donde los niños de ambos sexos vestían huipil; de acuerdo a Noemí Quezada, esto implica un apego a la madre y a lo femenino. A partir de la edad de cuatro años los infantes comenzaban a recibir educación de acuerdo a su sexo, lo más interesante es que en esa sociedad no existían términos para diferenciar “niños” de “niñas”, sino que hasta la adolescencia se registran términos lingüísticos que diferenciaban a hombres y mujeres. Esto último era posible solo cuando aparecieran los caracteres sexuales secundarios y la capacidad de procrear.

Llama la atención que la religión dio a hombres y mujeres dos actividades por igual, se trata de la reproducción humana y la agricultura, esto como una importante responsabilidad dentro de la unión de lo femenino y lo masculino.  Para llevar a cabo la reproducción humana mujer y hombre se unían bajo matrimonio, compleja institución social que enmarcaba la sexualidad en la sociedad mexica, cabe señalar la existencia de ciertos conceptos –impensables en otros contextos- como el amor erótico cuya presencia era indispensable en la relación matrimonial porque posibilitaba el equilibrio en la pareja; así mismo la pareja tenía como prioridad la madurez y la satisfacción del amor erótico para prevenir el adulterio.

El proceso de reproducción implicaba una responsabilidad por partes iguales para la pareja: por ejemplo durante los primeros cuatro meses del embarazo era indispensable mantener relaciones sexuales para fortalecer al producto. Bien señala Noemí Quezada que de esta manera se lograba sensibilizar al varón como el próximo nuevo padre y el significado que esto implicaba. La mujer también se preparaba para la tarea de la crianza de los hijos. La pareja recibía a sus hijos como un don de los dioses (lo que llevaría tiempo después a calificar a los descendientes como “bendición”), además de considerar a sus hijos como sujetos sociales en proceso de formación. No se trataba del nacimiento de la niña o el niño, sino de la siguiente generación de personas que participarían, en el estricto sentido de la palabra, en la sociedad.

Como los dioses dieron a la mujer la habilidad de tejer e hilar, aquella que dominara mejor tal habilidad recibía reconocimiento y prestigio social, sin importar si vivía con su padre o su marido. La habilidad de tejer e hilar permitía que la mujer lograra ser un sujeto social independiente porque su talento se convertía en un elemento básico indispensable tanto para su comunidad como para su familia (las mantas eran recibidas como pagos de impuestos, en especie, por el gobierno en turno, por ejemplo). No solo eso, la religión mexica (como eje rector de la sociedad) reconocía a la mujer como un modelo social a seguir: dar a luz, cuidar y dar placer al marido y criar a los hijos eran tareas que la elevaban a la categoría de mujer-guerrera (importante no perder de vista que la sociedad mexica era militar, primordialmente).

La primera mujer del mundo, Cipactonal, recibió los granos de maíz de los dioses para curar porque, para la cosmogonía mexica, la mujer era la responsable de guardar el equilibrio y cuidar la salud. De esta manera, aunque en el ámbito político eran dos varones que estaban a cargo de gobernar la sociedad mexica (el Tlatoani era la principal figura a cargo y le sucedía Cihuacóatl, que aunque es nombre femenino se trata de un varón en realidad), la mujer en realidad era reconocida como una persona respetable, responsable y productiva al igual que el hombre.

Fotografía tomada de VER

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