La educación no es un número

Por: Dulce Reyes

En México, tanto se habla de educar, de calidad de la educación, de rankings mundiales, de las naciones con mayores niveles educativos. Se dice por los pasillos, en los cafés y en las charlas de los profesionales, que la educación es un arma mortal contra la corrupción, la impunidad, las violaciones constantes a los derechos humanos, la violencia, el machismo y demás sogas sociales. Educación es una palabra que está por todos lados y que se supone es aquello que alivia muchos males.

Lo cierto también, es que esa palabra conlleva múltiples visiones. Para unos, educación son índices, números, calificaciones, evaluaciones, maestros y alumnos, programas educativos nacionales, escuelas y métodos de enseñanza. Para la Real Academia Española, la educación es crianza, enseñanza, doctrina e instrucción “que se le da a los niños y jóvenes”. Para algunos estudiosos como Paulo Freire, educación es un acto permanente de descubrimiento de la realidad, que busca la aparición de las conciencias, es decir, una educación problematizadora.

Para otros, como quien esto escribe, la educación es un encuentro permanente de diálogo, de reflexiones, de preguntas con respuestas o sin ellas, es decir, un encuentro entre humanos, donde el autoconocimiento va de la mano con el conocimiento del mundo que nos rodea, que por cierto, nunca termina, y no sólo se da cuando somos niños y jóvenes como dice el significado oficial, sino que no termina de darse durante toda la vida.

De acuerdo a nuestra perspectiva sobre la educación, será nuestro encuentro con ella. Seguramente el gobierno mexicano y las élites económicas, entienden a la educación como el adoctrinamiento y como números, por eso proponen a través de la Reforma Educativa, una evaluación constante a docentes, un Instituto Nacional de Evaluación de la Educación para medir el sistema educativo, las escuelas de tiempo completo, e incluso un conteo nacional de escuelas, maestros y alumnos. Todo ello, relacionado con números, que se supone dará mejor calidad. Claramente es una visión que reduce a cero un infinito de posibilidades.

En la actualidad se confunde el término educación con una oportunidad de mejorar nuestra economía, de tener acceso a mejores puestos de trabajo o posiciones sociales, de poder comprar lo que deseemos y tener cierta “estabilidad”. Pero eso es mercantilizar la educación. La educación no se vende ni se compra, ni nos permite comprar. Eso es una forma de reducción de nuestras posibilidades de entender el mundo. No podemos permitir que el mercado coopte nuestros encuentros en las aulas, con la familia, con los espacios exteriores, con nosotros mismos, porque todo esto también es educación. La educación va más allá del utilitarismo que permea las visiones de Mexicanos Primero, de la OCDE y el Banco Mundial, es un ejercicio verdadero de los derechos del ciudadano.

¿Realmente la educación es medible? No. La educación no es un número, la educación es una forma de vida, de aprendizaje, de conocimiento del mundo, no de imposición ni de servidumbre. La educación, es una forma de humanización, donde sin duda, existen humanos, no números de lista, ni evaluaciones de diez o de cero. ¿Por qué no dejamos de medir la educación, señores, y nos enfocamos en educarnos, más allá de educar? Pues como dice el célebre Freire, el educador también necesita ser educado. Eduquémonos también con los hombres y mujeres que se encuentran en el poder político, económico y social, pero también eduquémonos con aquellos que desean cruzar las fronteras, que buscan desgarradoramente una oportunidad de vida, que luchan por sus derechos y defienden su integridad. Eduquémonos juntos, porque a pesar de las fronteras, así nos ha puesto el mundo, juntos.

Cuando miro a esos jóvenes, desafiantes jinetes del aire, pobladores de pasillos de las Universidades, rebeldes, inconformes, planeadores de mundos diferentes, como escribiría Gioconda Belli, entiendo que la educación no puede sujetarse solamente a un programa educativo, porque ahí convergen múltiples formas y relaciones, porque lo que se vive en las escuelas es tan increíblemente rico y sublime que no cabe en un número.

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