El derrumbe del Estado laico… ¿en la 4T?

Por: Felipe Montaño

“Evangélicos inician entrega de cartilla moral; repartirán 10 mil cada mes”. Este es el encabezado de una nota publicada en la revista Proceso, del pasado 5 de julio de 2019. El lector podrá imaginar las reacciones de algunos sectores de este país al leer la noticia mencionada. De un momento a otro los comentarios que surgieron fue “Andrés Manuel López Obrador está abriendo la puerta a los evangélicos, no respeta el Estado Laico”, y otras consideraciones por el estilo. La pregunta es si realmente el gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador, bajo el partido Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) está dejando de lado al laicismo mexicano.

En la Constitución de 1824 el congreso redactó un artículo que dice a la letra “3. La religión de la nación mexicana es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra”. Esto no es otra cosa que la religión de Estado.

El paso de Benito Juárez por el gobierno mexicano determinó que la religión católica dejara de existir como “religión de Estado”, también promovió la libertad de cultos, aunque hasta el cuatro de diciembre de 1860 se expidió de manera formal tal derecho. Ese día, Juárez se caló unos lentes negros, después encendió un puro. Con la tolerancia religiosa y la no existencia de una religión de Estado se asestaba un golpe que debilitaría a la Iglesia Católica en México, institución que veía con malos ojos los movimientos liberales. Y en 1861 la Santa Sede rompió relaciones diplomáticas con México. El mismo año, ojo, llegaron los primeros evangélicos a nuestro país.

De 1861 pasemos al no menos caótico siglo XX: la guerra cristera acentúo más la separación Iglesia-Estado (Plutarco Elías Calles actúo con mano dura para sofocar la rebelión religiosa, respaldada por la Santa Sede) y todo parecía indicar que el laicismo elevado a nivel constitucional, practicado por el Estado, continuaría de manera permanente. No fue así, pues Luis Echeverría Álvarez, presidente en el sexenio 1970-1976, viajó al Vaticano en 1974 para visitar al papa Paulo VI. El motivo de tal viaje era agradecer el apoyo del pontífice en la elaboración de la Carta del Tercer Mundo. Y aquí arrancamos con el verdadero derrumbe del laicismo que no fue generado por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, sino por la hipocresía de las personas encumbradas en el poder bajo el cobijo de un gigantesco y corrompido partido oficial.

Después de la visita de Luis Echeverría Álvarez a la Santa Sede, José López Portillo recibió en México a Juan Pablo II, lo invitó a conocer el país a través de una gira, le permitió transmitir una misa en la televisión (sin contar que fue celebrada al aire libre) y pidió a Karol Józef Wojtyla que oficiara una misa en la residencia oficial de Los Pinos, lo anterior debido a que la mamá del presidente tenía ese “capricho”. Y José López Portillo no se detuvo a pensar en las implicaciones políticas y legales que semejantes actos provocarían, era el año de 1979. Tales acciones sentarían las bases para modificar los principios constitucionales en 1991 acerca de las relaciones Iglesia-Estado.

Carlos Salinas de Gortari no se quedaría atrás. Luego de una polémica elección presidencial logró hacerse con el poder. Pero requería aumentar su prestigio entre los ciudadanos mexicanos y buena parte de la población (para el año 1988) practicaba la religión católica. Así que buscó reestablecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede patrocinando la visita del sumo pontífice a México. Salinas logró obtener respaldo de la Iglesia y de la población católica y, entrado en gastos, también realizó cambios en la Constitución para otorgar personalidad jurídica a las iglesias y para que los ministros de culto pudieran votar.

Ernesto Zedillo, en contraste con Salinas de Gortari, no manifestó el más mínimo interés en mantener algún tipo de relación con la Santa Sede, lo que provocó una llamada de atención del Santo Padre. Pero Vicente Fox sí demostró su afecto hacia el clero católico: se hincó frente a Juan Pablo II (un papa enfermo y exhausto) para besarle la mano en público. Felipe Calderón, en compañía de su esposa Margarita Zavala, llegó hasta El Vaticano para asistir a una misa. Enrique Peña Nieto, un presidente débil y de pocas luces, también visitó la Santa Sede porque requería apoyo del clero para fortalecer su imagen, cada día más deteriorada, ante los pésimos resultados de su administración. “En el nombre de Dios esperamos lograr disminuir la pobreza…” diría alguno de los personajes mencionados.

Pensamos que la “4T” no es el derrumbe del Estado laico, en realidad otros gobernantes se han encargado de buscar respaldo del clero pasando por encima del Artículo 40 constitucional. Han negociado con la iglesia para favorecer intereses personales y partidarios lo que ha permitido al clero recuperar su menguado poder. Así que, cuando los evangélicos anunciaron la distribución de 10 mil ejemplares de la Cartilla Moral, editada e impresa por el Gobierno Federal, en los siete mil templos afiliados a la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas, el sector conservador puso el grito en el cielo porque observa que peligra su poder en el país. México está habitado por alrededor de 120 millones de personas, así que 10 mil ejemplares en siete mil templos no es nada. Hemos visto que otros gobiernos actuaron de manera ilegal, absurda, con la iglesia y nadie les dijo nada. Las protestas del sector conservador ocurren porque el gobierno actual está desmantelando el lugar privilegiado que anteriormente ocupaban. La iglesia católica es una figura política internacional (disfrazada de “salvadora de almas”) y Juárez lo supo muy bien en su momento. Este gobierno también arroja las mismas luces juaristas.

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