Soy maestra y sé amar

Por: Dulce Rocio Reyes Gutiérrez

La educación no es la preparación para la vida, es la vida misma

John Dewey

Hoy les contaré sobre lo que hago todos los días, pero ante todo, sobre lo que siento cuando lo hago, porque lo sublime bien vale la pena contarlo.

Un día cualquiera, de cualquier año, a cualquier hora, mi mente me llevó a querer ser maestra, a enfrentarme a la vida que ningún alumno desearía tener. Lo deseaba, en verdad. No sé si fue el destino o mis decisiones, o bien, ambos. Pero allá llegué, a un aula, a un espacio donde ahora yo era la guía, la amiga, la desconocida y, a veces, la maestra.

Nada sencillo incrustarse tan joven en un ambiente de adultos, de experimentados, de gente que ya sabe, de líderes. Dos años de experiencia me pedían y yo apenas recorriendo la ciudad buscando un minuto de oportunidad. Dos años de experiencia en la educación y lo único que yo tenía eran las ilusiones enormes de poder lograrlo algún día. Yo lo único que sentía era una responsabilidad enorme con mi país, pero era verdad, yo no tenía los dos años de experiencia.

Antes de desfallecer, llegó el momento, llegó la oportunidad. Siempre les digo a mis alumnos que estar frente a ellos no es mi trabajo, sino mi pasión. Y es verdad, no podría mentirles. Ser profesora, o maestra, o docente, o “miss”, como ellos me llaman, hace que mi alma resuene. Creo que si hay una oportunidad en el camino, se debe plantar vida en ese camino, para que sea caminado cuantas veces sea necesario.

La imagen del profesor en la actualidad está denigrada, no es la profesión que cualquier persona desearía tener. Es incluso, representación de la precariedad laboral. Sin embargo, es una práctica que bien vale la pena conocer, disfrutar. Es un estilo de vida, es otra forma de amor. Ser maestra no es mi profesión, no tengo un papel que lo avale, apenas tengo una credencial de plástico medio despintado. Ah, y también un contrato, de esos de los de ahora, de poco tiempo, sin vacaciones, ni aguinaldo, ni prestaciones varias. Tal vez porque los maestros no merecemos más, porque para el sistema ya no somos importantes. Pero el aprendizaje de todos los días también vale el sacrificio.

Una noche de desvelo, pensaba en ellos, los imaginaba sentados en el lugar de siempre, sonriendo, mirando, haciendo exámenes y opinando. Una imagen cotidiana que me llevó a escribirles la siguiente carta breve, que le dedico con mucho cariño a todo aquel que ha tenido la terrible mala suerte de tenerme como profesora:

Ellos, carta al viento

Unas cuantas horas al día vivo el desconcierto de conocer un poco más de ellos. A veces desearía no mirarlos más, ni que formaran parte importantísima de mi vida. Desearía que fueran menos interesantes e inteligentes, pero no es así. Sus palabras y sus presencias exceden mi interior. No caben todos en mí, y es una frustración.

Saberme frente a ellos me inquieta, me transforma, me desasosiega. Son movimiento de palabras en el viento común, son lo que yo espero encontrar cada mañana en mi vida eterna. Son seres que buscan y encuentran, que aprenden y enseñan. Son seres con almas grandes y sonantes. Ellos, sin que lo sepan, son míos. No de mi propiedad, sino míos, de mis entrañas, de mis pensamientos, de mi camino, de mi aliento.

Cuando se van, desearía caminar a su lado como una sombra, para saber qué piensan cuando no están, cuando la soledad, cuando la alegría, cuando el odio, cuando lloran y aman. Desearía comer su comida y oler el perfume de su hogar. Así, uno por uno, pero invisible a ellos, aprendiendo a su lado, creciendo y luchando por metas que seguro se alcanzarán.

Hombres y mujeres de pasos firmes, que arrastran un pasado, muchas veces fatal, otras, mundano. Historias de novela, de desgarre, de cine, de pasión, de amor. Historias tan sublimes que harían volar aquellas historias ya escritas, ya apreciadas, ya leídas. Sus historias crean y recrean mi alma, me elevan al pedestal de la vida, me inundan de sabiduría y tolerancia. Vidas de héroes, de edades jóvenes pero de decisiones maduras y profundas, como sus ojos.

Soy maestra y sé amar. Amo mi profesión no escrita, amo los pasillos de la Universidad, amo sus saludos matutinos y sus chistes de diario. Sí, también amo sus imperfecciones, que platiquen cuando se supone no deben hacerlo, que pongan pretextos cuando se quedaron dormidos tratando de hacer la tarea del día, que lleguen derrapando los zapatos al último minuto de tolerancia para entrar a clase, pero que lleguen. Amo que sepan vivir. Ser maestra es mi apostolado, es lo que agranda mi alma. Sí, amo mi profesión no escrita. Lo he decidido y mientras dure, la amaré.