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De Dios, religión y cosas peores

Por: Federico Alcalá / Quehacer Político

Adolfo Hitler, criado como católico, señalaba que en un mundo con más un millón de religiones e igual número de “dioses”, sería estúpido pensar que solo una tuviera la “verdad absoluta” y, sin embargo, toda la parafernalia del Partido Nazi se sustentó, eficaz y atractivamente, en la propia parafernalia de la iglesia católica. El culto a la personalidad, la fastuosidad, luminosidad, solemnidad y las concentraciones masivas en Nuremberg nos pueden recordar el boato y el lujo de una misa solemne en el Vaticano o en cualquier catedral católica.

Hitler no puede ser definido como un “ateo” pues en la mayoría de sus discursos hace referencia a la divinidad, a la “Providencia”, a la suprema intervención de un ente metafísico que ha tenido bien designarlo como el “salvador” de Alemania, el líder absoluto, el “Fuhrer”. Tal vez pudiera ser visto como un agnóstico que sabe y comprende que de existir Dios, este es incomprensible e inconmensurable desde la racionalidad humana. Ah, pero eso sí, el dudar de su existencia o atribuirle una realidad incomprensible no es pretexto para que, convenientemente, se aproveche su nombre para lograr el plan de acción, la construcción de un nuevo orden político, la satisfacción de la ambición personal…el genocidio, la guerra, y la destrucción de la nación más culta de Europa.

Dios es algo complejo. No solo por la imposibilidad real de su comprensión metafísica, sino por los “efectos secundarios” que produce en esta frágil, pero violenta, naturaleza humana. Ahora bien, la necesidad de “creer en Dios” puede ser implícita a nuestra eterna pregunta ¿qué somos, de dónde venimos, quien nos creó? Pero sobre todo, ¿cuál es nuestro destino? Sin embargo, a diferencia de la idea de “Dios”, la religión sí es un constructo de nuestra racionalidad, nuestra necesidad de “comunicarnos en comunidad”, en compartir los temores, ante todo, compartir los intereses comunes. La religión es el “club” en el que, con el pretexto de adorar a “Dios”, satisfacemos cada día, cada Sabbath, cada domingo, las ansias de compartir el asiento con la vecina que despierta nuestros más “pecaminosos” pensamientos; el acercarnos en “sagrada comunión” con el potentado al que queremos hacer nuestro “socio”; el rezar junto al Gobernador, o político, que rige nuestros destinos.

También la religión es un excelente pretexto para discriminar. Excluir al “prójimo” que no comparte fervientemente y solidariamente nuestras “creencias”, ha sido el deporte favorito de la humanidad desde el origen de los tiempos. Cabe señalar que, en el Islam, la tolerancia a las religiones del “Libro”, es decir, a la religiones bíblicas, implicaba el pago de “impuestos”, eso sin considerar que el acceso a las ciudades sagradas de La Meca y Medina está completamente prohibido –tal vez castigo de pena de muerte a cualquier no-musulmán que intente aproximarse- eso, también, sin considerar que en pleno Jerusalem, ciudad sagrada para tres religiones y sus incontables “sectas”, el acceso a la mezquita del Domo Dorado está vedado tanto a cristianos como a judíos. Y, en los tiempos modernos, no se puede entender el éxito de la política genocida de Adolfo Hitler sin comprender que la misma tuvo como cimiento sólido la discriminación antisemita impulsada tanto por Lutero como por el catolicismo del Vaticano.

La inveterada sumisión y violencia hacia la mujer, considerada poco más que una “cosa” por las tres religiones occidentales tiene un claro sustento religioso, tanto así que pregúntenle al misógino de Pablo de Tarso su opinión al respecto, la cual no fue exclusiva del gran propagandista de Jesús, sino compartida por los griegos quienes a su vez le ningunearon a la mujer su exacto lugar en la sociedad, la cultura y, porque no decirlo, la propia religión. Tampoco dejemos a un lado la persecución genocida hacia la homosexualidad…claro, mientras no seas obispo, cardenal, sacerdote, pastor, omeya o rabino. Tampoco podemos olvidar la pasión suculenta por imberbes infantes o dulces niñas violentamente abusados a la sombra de un crucifijo, una Estrella de David o los pasillos de una mezquita.

Y claro que, además de las tres principales religiones occidentales monoteístas, debemos considerar el inmenso caudal de “divinidades” de las religiones asiáticas. El hinduismo y el sintoismo consideran millones de estas. Un poco más cercanas a reflexiones metafísicas de agudo contenido podrían ser el zoroastrismo y el budismo, el cual en su faceta “zen” lleva a niveles exquisitos la creencia en la divinidad y el mundo perteneciente a ella: el paraíso, la perfección.

Carlos Marx sabiamente señaló que la “religión es el opio de los pueblos” y, en ese sentido, debemos considerar todas las características inherentes al opio: es una droga que adormece la razón y, también, es un veneno que mata poco a poco, pero eficazmente. En este sentido, la visión marxista de la religión implica ambas cosas, anula la capacidad humana de resolver racionalmente su destino y, por lo mismo, envenena a la humanidad conduciéndola a su destrucción. El “In God we Trust” sigue siendo la columna principal del capitalismo, así como el “Gott mit uns” lo fue, en su momento del nazismo.

Nacionalismos…estos también han tenido su carga “religiosa”. No podemos deslindar la idea de la “verdadera” Irlanda si no pensamos en la Santa Iglesia Católica; y, en este sentido, la unidad de los polacos, el concepto mismo de la nación polaca, la existencia de Polonia muchas veces fragmentada, dividida e invadida a lo largo de los siglos es imposible de entender sin la cabal comprensión de su eterna afiliación al catolicismo. La fragmentación de la India, las masacres, las bombas atómicas apuntando a Pakistán, también tienen un poderoso trasfondo religioso. El conflicto árabe-israelí no es otra cosa que una “guerra de religión” y la predominancia de ISIS en Medio Oriente también es un cáncer de naturaleza religiosa.

Y claro que la influencia religiosa del mundo europeo tuvo sus efectos en el “Nuevo Mundo”, pero debemos reconocer también que el Imperio Azteca fue teocrático, violento y genocida y, aun cuando queramos minimizar los miles de “descorazonados”, justificando el homicidio con la particular visión de la muerte de los aztecas, este genocidio fue real y congruente con una política imperialista de dominación y discriminación. Claro que esta barbarie tampoco no puede justificar la violenta intromisión del cristianismo en las poblaciones originarias de este lado del mundo. Fray Diego de Landa, primer Obispo de Yucatán, sació con saña su ortodoxia religiosa al condenar a muerte a cuanto indio maya consideró hereje, sin considerar, claro está, la casi completa destrucción de su cultura. Y esta misma historia, con sus matices y momentos trágicos, se repitió a lo largo del continente hasta la Patagonia.

En nuestro entorno nacional, la enconada lucha entre “liberales” y “conservadores” tuvo su pesada y sanguinaria carga religiosa. El “Joven Macabeo” fue, además de traidor a la patria, un sanguinario asesino quien, junto con el “Tigre de Tacubaya” despachó al otro mundo a miles de mexicanos bajo el impoluto pretexto de “¡Religión y fueros!”. La religión nos costó también un buen porcentaje de nuestro territorio nacional, pues la guerra con los Estados Unidos de Norteamérica tuvo como trasfondo ideológico la eterna lucha entre el capitalismo protestante y los arcaísmos del catolicismo, como prueba de ello pregúntenle a los fantasmas del “Batallón de San Patricio” ejecutados el mismo 13 de septiembre de 1847 al caer la bandera en el Castillo de Chapultepec.

Eso sí, la religión es cosa de humanos, principalmente hombres, pues en la mayoría de las creencias del mundo, la mujer ha estado relegada del sacerdocio o sus equivalentes. Y los hombres son por naturaleza “animales políticos” que superan por mucho en realidad y perversidad la idea griega del “zoon politikon”. Y la política es el juego de voluntades e intereses, de hipocresía, mentiras y traiciones. En todos los conflictos en donde la religión juega un papel trascendente, el silencio es la norma. Ya sea en la España de Franco, o en la Guerra de Reforma en México, el ansia belicista en “nombre de Dios” siempre ha tenido a cardenales, obispos, omeyas o rabinos como principales promotores o, en el peor de los casos, redentores de humanos que, a gusto de la divinidad, cometieron el máximo pecado: matar. Ahora, casi en el primer cuarto del siglo veintiuno, no faltan motivos para acomodar a Dios en la mesa de negociaciones políticas, de compromisos y de ambiciones. No nos faltan senadoras de “izquierda” proponiendo recuperar aquello de “¡Religión y Fueros!” que enarbolaron los ya tatarabuelos. Y, en la cúspide política, un líder carismático que impulsa una “nueva moral institucional” con la bandera del Benemérito por un lado y las promesas de un paraíso cristiano impoluto e impecable por el otro. Y en el trasfondo, como siempre y como todo, a “Dios rogando, y con el mazo dando” por lo siglos de los siglos, amén.


Fotografía tomada de https://s3.amazonaws.com/arc-wordpress-client-uploads/infobae-wp/wp-content/uploads/2016/11/30164101/Religion-1920-2.jpg


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