parallax background

Alejandra Pizarnik, una gran poeta estereotipada

Nuevo gobierno, viejas prácticas
mayo 2, 2019
¿Cómo relajarnos?
mayo 7, 2019

Alejandra Pizarnik, una gran poeta estereotipada

Por: Felipe Montaño



Buenos Aires, Argentina, 24 de septiembre de 1972. Alejandra Pizarnik, hija de inmigrantes rusos-judíos, poeta por profesión. Está acostada en su cama mientras fuma un cigarro. Lleva un buen rato así, sumida en sus pensamientos, hasta entonces ha publicado varios trabajos. Vivió en Francia, se formó como traductora, principalmente de escritores franceses, también obtuvo un par de becas prestigiosas. Ha conversado con muchas personas así como consigo misma. Conoció el amor, experimentó carencias. Alejandra ve de reojo que hay varias colillas en el cenicero, afuera hace frío y las calles están mojadas por la última lluvia, ya es de noche…

Alejandra Pizarnik es una de las poetas más importantes de la literatura latinoamericana del siglo XX. Nació en el Barrio de Avellaneda el 29 de abril de 1936, poeta argentina cuya importancia radica en su preocupación por los límites del lenguaje, es decir, cuestionaba si el lenguaje realmente tenía la posibilidad de reflejar al mundo tal como era y al mismo tiempo si el lenguaje podía describir nuestros deseos más profundos. Pizarnik lo expresó en un verso sencillo y complejo: “Sospecho que lo esencial es indecible”. Alejandra Pizarnik no es la escritora cuyos trabajos hablan solo de la muerte, la depresión y el suicidio, es una poeta que tuvo una visión culta y crítica del mundo gracias a su exigente preparación. No fue en ningún momento una especie de mártir, no, sencillamente le interesaban esos temas porque, a los ojos de Pizarnik, la vida está conectada con aspectos tanto brillantes como tenebrosos. Es cierto que Alejandra se suicidó pero esto no significa que los trabajos de la poeta tengan como base el suicidio. Ella fue más allá, cuestionó al lenguaje acerca de si era posible que realmente pudiera comunicar la realidad tal como es, con una voz poética propia, cuyo estilo lo han plagiado más de una vez, pero nunca lograrán copiar su electrizante voz.

Se ha dicho hasta el cansancio que Alejandra Pizarnik es una gran poeta maldita porque llevó una vida atormentada, donde los cuadros depresivos eran una constante y el uso de drogas para dormir, algo cotidiano. A nuestro parecer los estereotipos sobran y es preciso liberarse de estos para conocer el trabajo de Alejandra puesto que una cosa es la creación de un poema y otra la disputa de los demonios internos.

En los poemas de Pizarnik aparecen tres temas que la escritora exploró cuidadosamente: el doble (del otro yo), la pérdida de la infancia y la muerte. Lo mejor es leer a la autora, a continuación un fragmento con el tema de la pérdida de la infancia:

Heme aquí llegada a los treinta años y nada sé aún de la existencia.
Lo infantil tiende a morir ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva.
Pero aceptar ser una mujer de treinta años...
Me miro en el espejo y parezco una adolescente.



La voz que ha escrito lo anterior es una joven que se sabe adulta y al mismo tiempo vive una nostalgia de aquello que no regresará nunca, en palabras de Josefa Fuentes Gómez –Universidad de Murcia-, es una mujer que vive en carne propia el extravío emocional de una mujer de treinta años.

No tocaré aquí, por cuestiones de espacio y tiempo, los temas de la pérdida de la infancia y de la muerte. Propongo a los lectores acercarse a la obra de Pizarnik dada la riqueza de su poesía. A mi juicio uno de los mejores libros de ella es Árbol de Diana (de 1962). Este libro fue prologado por Octavio Paz, discutible Premio Nobel de Literatura, cuando leí tal prólogo no vi por ningún lado al Nobel mexicano porque no se acerca ni un centímetro al trabajo de Pizarnik, y aquí una muestra de Árbol de Diana:

El poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe.



Otra joya que pertenece al volumen Los trabajos y las noches (1965):

Alguien entra en el silencio y me abandona.
Ahora la soledad no está sola.
Tú hablas como la noche.
Te anuncias como la sed.



La depresión finalmente hizo mella en Alejandra Pizarnik. Un par de días antes de suicidarse platicaba con Elizabeth Azcona Cranwell, a quien de repente soltó: “Dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie”.

Buenos Aires, Argentina, 24 de septiembre de 1972. Alejandra Pizarnik, hija de inmigrantes rusos-judíos, poeta por profesión. Está acostada en su cama mientras fuma un cigarro. Lleva un buen rato así, sumida en sus pensamientos, hasta entonces ha publicado varios trabajos. Vivió en Francia, se formó como traductora, principalmente de escritores franceses, también obtuvo un par de becas prestigiosas. Ha conversado con muchas personas así como consigo misma.

Conoció el amor, experimentó carencias. Alejandra ve de reojo que hay varias colillas en el cenicero, afuera hace frío y las calles están mojadas por la última lluvia, ya es de noche. Alejandra se incorpora y da un último golpe al cigarrillo, apaga la colilla en el atestado cenicero. Desde su recámara camina hacia su estudio y escribe algo en un pizarrón que cuelga ahí como testigo mudo. Es hora de la medicina que el doctor le prescribió, toma una pastilla y mientras lo hace parece que todo ya terminó. El silencio es su único acompañante. Casi por reflejo empieza a contar del uno al cincuenta, cuando llega al número cincuenta hay una somnolencia que viene acompañada de oscuridad, una oscuridad que la cubre como si se tratara de un manto protector. En el pizarrón de su estudio Alejandra Pizarnik escribió:

No quiero nada más
que ir hasta el fondo.


Fotografía tomada de http://vozed.org/blogs-y-columnas/hibridaciones-sinapticas/hibridaciones-sinapticas-digo-alejandra-escribire/


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *