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Crónica de una muerte anunciada: ¿Hay palabras que matan?

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Crónica de una muerte anunciada: ¿Hay palabras que matan?

Por: Federico Alcalá

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.” Con estas palabras Gabriel García Márquez transforma el presagio en certeza: Nasar está despertando un último día hacia su muerte. El éxito de esta pequeña novela estaba garantizado, no solo por la impecable narración de su autor, sino por la selección del propio título: Crónica de una muerte anunciada. Saber que todos saben que alguien de trascendencia va a morir, no de causas naturales o por accidente, sino brutalmente asesinado, ya es en sí un tema que incita a la más recatada morbosidad.

Tal vez, el hecho de madrugar en la víspera del propio homicidio que acabará con nuestra vida, sea un elemento común en las muertes que quiero rememorar. ¿Acaso madrugó Gandhi para prepararse a orar en aquel templo en que Nathuram Godse le asesinó?, o también y, para tal desenlace, ¿habrán madrugado Lincoln, los hermanos John y Bob Kennedy, y más acorde a nuestro drama político y social, Luis Donaldo Colosio? Quiero imaginar que sí, pues todos se encaminaban a eventos de trascendencia en sus vidas políticas. Lincoln a cerrar, por fin, el trágico episodio de la Guerra de Secesión; Gandhi a serenar los ánimos entre la multiplicidad de sectas y religiones que conforman su nación (porque es más de él que de nadie), India; los Kennedy, el mayor a buscar su reelección en el infierno republicano llamado Texas, y Bobby a consolidar el sueño de paz inconcluso en la liberal California. Por cuanto a Luis Donaldo su evento en Lomas Taurinas buscaba acercar a todos los protagonistas de ese México que vio, pero que no alcanzó a cambiar.

En todos ellos convergen dos aspectos en común: los discursos que removieron los viejos atavismos, las viejas costumbres, los intereses perennes e inmutables al cambio, al avance, a la necesidad; y el cinismo implícito en aceptar las teorías del “asesino solitario”.

Nathuram Godse, John Wilkes Booth, Lee Harvey Oswald, Sirhan Sirhan y Mario Aburto son hombres en solitario, tan famosos ahora como sus víctimas, pero que el efecto de su acción homicida ha trascendido en el tiempo: son inmortales pues perdurarán por siempre en la duda colectiva. Son nombres que se antojan de “película” por la facilidad para recordarlos. Me los imagino en figuras perfectamente detalladas a escala de 1/6, con sus atuendos criminales y sus armas asesinas como accesorios, en serie limitada y numerada para deleite infinito de excéntricos coleccionistas de morbo y perversión humana.

Pero no son sus asesinos los que nos deben incitar al deleite o al odio. Son las palabras que matan aquellas que deben perdurar en nuestra mente, en el subconsciente, como señales de aquello que esos muertos empezaron y que una bala los orilló a abandonar.

Las palabras de Lincoln en Gettysburg aún resuenan con significado universal: “El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos, pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. Somos, más bien, nosotros, los vivos, quienes debemos consagrarnos a la tarea inconclusa que los que aquí lucharon hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien los vivos los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que de estos muertos a los que honramos tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron la última medida colmada de celo. Que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra.”

¿El Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Grande osadía en una nación dividida por el capital, la esclavitud y el tanto por ciento del interés mercantil o el depósito en firme en un banco de Nueva York.

O las palabras de Kennedy en la American University: “¿A qué tipo de paz me refiero? ¿Qué tipo de paz buscamos? No una Paz Americana impuesta en el mundo por las armas de guerra estadounidenses. No la paz de la tumba o la seguridad del esclavo. Me refiero a la paz genuina, el tipo de paz que hace que la vida en la tierra valga la pena, el tipo que permite a los hombres y las naciones crecer y esperar y construir una vida mejor para sus hijos, no solo la paz para los estadounidenses sino la paz para todos, hombres y mujeres, no solo la paz en nuestro tiempo, sino la paz para siempre.”

¿Una “paz verdadera” impulsada por el Imperio que aún pregona levantar murallas para evitar que sus privilegiadas multitudes vean la desgracia de un mundo ajeno? Los ecos de esas palabras no solo destruyeron la “inocencia americana” cegada por el “american dream”, sino que alcanzaron el futuro con suficiente efecto para dictar la sentencia de muerte de Robert Francis Kennedy en 1968.

Las palabras de Gandhi en el Congreso Nacional Indio del 8 de agosto de 1942 impulsando la no-violencia que caracterizó su lucha política aún es el sustento que trasciende cualquier manifestación popular acallada a macana y tolete: “En el momento en que estoy por lanzar la mayor campaña de mi vida, no puede haber odio hacia los británicos en mi corazón… La no-violencia es un arma incomparable, que puede ayudar a todos. Yo sé que no hemos hecho mucho por el camino de la no-violencia y sin embargo, si tales cambios sobrevienen, asumiré que es el resultado de nuestro trabajo durante los últimos veintidós años y que Dios nos ha ayudado a alcanzarlo… Si ustedes quieren la libertad verdadera, habrán de unirse, y tal unión creará verdadera democracia… Yo tengo mucho leído acerca de la Revolución Francesa. Mientras estuve en la cárcel leí el trabajo de Carlyle. Tengo una gran admiración por el pueblo francés, y Jawarharlal me ha dicho todo sobre la Revolución Rusa. Pero yo sostengo a pesar que ellas eran luchas por el pueblo no eran luchas por la verdadera democracia, que yo visualizo. Mi democracia significa que cada uno es su propio amo. He leído suficiente historia, y no he visto tal experimento a tan gran escala por el establecimiento de la democracia mediante la no-violencia. Una vez que ustedes entiendan estas cosas olvidarán las diferencias entre hindúes y musulmanes.”

¿Libertad y democracia anteponiendo la propia mejilla antes de enfrentar con violencia al prójimo? Esta es la antítesis de toda la industria de armas y casquillos de metralla, que año con año infla sus millonarias cuentas en paraísos fiscales a lo largo y ancho del Caribe y Asia. Desde los movimientos reivindicatorios en el Tercer Mundo hasta las polvosas calles de nuestra frontera norte, el repiqueteo del M-16 y el legendario Automat Kalashnikova 1947 ponen ritmo a la danza de los dólares y las onzas de cocaína.

Y para incorporar a nuestra tragedia nacional los aires del complot, la perenne duda y el sesgo de novela policiaca, que mejor caso (tan excelente como los previamente señalados) que el asesinato del político sonorense Luis Donaldo Colosio Murrieta. Como en la novela de García Márquez, más de uno tuvo noticia de que “no iba a llegar” y, en algunos cínicos casos, lo pregonaban en los corrillos universitarios para asombro de aquellos nunca dudaban del omnipresente poder del “partido oficial”. Los “Idus Martiae” que premonitoriamente señalaron el homicidio público de Julio Cesar, para Colosio corrieron del 6 con el discurso en la explanada del Monumento a la Revolución y culminaron el fatídico día 23.

Y cabe recordar el recuento de Plutarco cuando nos narra: “…y Julio César encontró al vidente y riendo le dijo: «Los idus de marzo ya han llegado»; a lo que el vidente contestó compasivamente: «Sí, pero aún no han acabado». Cualquiera que se precie de tener un mínimo de cultura general sabe en qué culmino todo respecto al más famoso Cónsul de la República Romana: el silencio mortal y definitivo de un cadáver cosido a puñaladas”. Porque en verdad hay palabras que matan, no por el alcance que logran en el momento en que se esparcen a los cuatro vientos, sino por el trasfondo implícito de su significado: la independencia y autonomía de la persona, su alcance de miras o desprecio a las formas y convencionalismos, en todo aquello que la normalidad de los entes confunde con “valentía”. No fue Lincoln en Gettysburg, ni Gandhi en el Congreso Nacional Indio, ni los Kennedy en el espacio público de universidades y auditorios; no fue Luis Donaldo en el Monumento a la Revolución… fueron sus palabras.

Y todos aquellos que de una u otra manera intervinieron en sus mortales destinos fueron tejiendo esa crónica de muchas muertes anunciadas cuyo silencio era una necesidad inminente. Santiago Nasar no sabía que iba morir, pero en todo el pueblo no faltaron las señales que indicaban que su muerte era el acontecimiento de ese día.

Ni Lincoln, Gandhi, los Kennedy o Colosio sabían que el día marcado era el definitivo, el final, el cierre de sus vidas fecundas. Que hombres de novela serían sus asesinos materiales y, que, en el trasfondo del escenario, muchos hombres más narraban con anticipación los hechos que resolvieron en una opípara cena o en la oscuridad de una oficina y cuyos efectos quedarían lacrados con la pólvora de las balas.

Y, en verdad, hay palabras que matan. Pero las palabras quedan aun cuando los hombres parten. En el caso de Luis Donaldo Colosio, salvo prueba en contrario que nos avale una historia distinta, estas fueron las palabras que lo llevaron a su muerte: “Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada, de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales. Veo a ciudadanos angustiados por la falta de seguridad, ciudadanos que merecen mejores servicios y gobiernos que les cumplan. Ciudadanos que aún no tienen fincada en el futuro la derrota; son ciudadanos que tienen esperanza y que están dispuestos a sumar su esfuerzo para alcanzar el progreso. Yo veo un México convencido de que ésta es la hora de las respuestas; un México que exige soluciones. Los problemas que enfrentamos los podemos superar.”

Colaboración de la Revista Quehacer Político

Fotografía tomada de https://renaceralavida.com/el-poder-de-la-palabra/

Fotografía de https://renaceralavida.com/el-poder-de-la-palabra/


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