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¿Felicidad en México?

Por: Felipe Montaño

En el portal electrónico del partido político Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) aparece una nota con un encabezado que llama la atención: “AMLO (Andrés Manuel López Obrador) tiene el sueño de que los mexicanos sean felices, que ninguno migre a Estados Unidos por necesidad”. Líneas más abajo es posible leer “… los mexicanos podrán trabajar y aspirar a la felicidad, a ser felices donde nacieron, donde están sus familiares, donde están sus costumbres, donde están sus culturas”. No es algo menor, porque este tema, el hombre feliz desde la perspectiva estatal, hunde sus raíces en la historia y además se trata de una visión de Estado. La felicidad del hombre es un tema que ocupa discusiones desde hace mucho tiempo, aquí solo hablaremos del origen del concepto “felicidad” empleado en el discurso y contexto de AMLO.

Después de iniciar la Guerra de Independencia en 1810 habían pasado tres largos años donde los insurgentes continuaban la lucha para quitarse el yugo español, una de las acciones propuestas por las fuerzas insurgentes fue la creación de una asamblea mexicana libre por completo del pensamiento y acción español, y que, al mismo tiempo, organizara los trabajos operativos del ejército insurgente mientras constituía un gobierno, en el sentido estricto de la palabra, para la nueva nación. Así que los principales jefes insurgentes crearon el Congreso Constituyente de Chilpancingo donde, en septiembre de 1813, tal asamblea escuchó los 23 puntos que José María Morelos y Pavón presentó en los Sentimientos de la nación; entre otros temas destacan la Independencia de México, el respeto a la propiedad o la abolición de castas y tributos, así como confiscar los bienes a los españoles.

En 1814 el Congreso Constituyente de Chilpancingo sancionó el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana. Este documento, también conocido como “Constitución de Apatzingán”, contiene avanzados principios para la época; su antecedente descansa precisamente en los Sentimientos de la Nación: soberanía popular (el lector podrá imaginar la cara del virrey y otros peninsulares conservadores avecindados en la Nueva España cuando escucharon esto), igualdad de todos los ciudadanos frente a la ley, principio de legalidad, democracia, división de poderes, un gobierno representativo y limitado y no menos importante, el reconocimiento de los derechos fundamentales del ser humano. Cuando el Congreso Constituyente aprueba plasmar en un documento legal este conjunto de principios políticos, el nuevo Estado mexicano, aunque tambaleante, entró de lleno en la modernidad, liderando una serie de movimientos políticos y sociales en el resto de América.

¿Y qué relación tiene todo esto con la felicidad y el discurso de AMLO? Vamos al punto: en la Constitución de Apatzingán encontramos un capítulo que dice textualmente “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad. La íntegra conservación de estos derechos es el objeto de la institución de los gobiernos, y el único fin de las asociaciones políticas”. Mucho tiempo después Venustiano Carranza se encargaría de plasmar en la Constitución de 1917 los derechos sociales reclamados por la población que vivió en carne propia la Revolución Mexicana; la génesis de la Carta Magna de 1917 reside, entre otros documentos, en el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana.

Cabe señalar que a partir de 1929 el nuevo gobierno pos-revolucionario se encargó de establecer arreglos políticos entre distintos grupos políticos y religiosos así como los cuatro sectores populares base (campesinos, militares, popular, militar) para obtener estabilidad política y social, sin embargo, ese equilibrio se construyó a partir de un régimen autoritario, paternalista, represor, que estaba anclado en el presidente de la república y el partido oficial. En cierto modo el Estado mexicano logró, por algunos años, llevar a la felicidad a un sector de la población, así que no era raro conocer a obreros que tenían hijos matriculados en la universidad pública, un hogar propio (impulsado por los programas federales para satisfacer la demanda de vivienda), empleo estable y un buen fondo de pensiones. Adolfo López Mateos (presidente en el período 1958-1964) llegó al grado de presumir que era “un mandatario de extrema izquierda”, aunque esta declaración se estrella con hechos crudos: en 1959 el ejército reprimió la huelga de los ferrocarrileros que protestaban para obtener mejoras laborales, entre estas, un aumento salarial; y Demetrio Vallejo, dirigente sindical de los trabajadores del riel, fue encarcelado por once años acusado de sabotaje y disolución social. La represión del gobierno de López Mateos dejó en claro que las reglas del juego no eran iguales para todos.

Después de 77 años de gobierno priísta más otros dos fallidos sexenios panistas, México asiste a un importante evento: un candidato presidencial que creó su propio partido político, cuya ideología es de completa izquierda, ganó las elecciones del pasado primero de julio de 2018. López Obrador apuesta por proyectos de tipo social y por una reconstrucción nacional a favor de la felicidad de los mexicanos. Lo interesante en el discurso del flamante Presidente de la República es la ojeada que echa a la historia de México, una suerte de mensaje que dice “aprende de ella”. Y parece ser que la felicidad para el mexicano sí se trata de una decisión de Estado, no por nada Morelos aparece en la imagen institucional del Gobierno Federal.

Por cierto, México tiene una deuda histórica con Morelos, pues él se encargó de arreglar que el movimiento armado de Independencia se convirtiera en una acción que permitiera constituir a la otrora colonia española en un verdadero Estado, liberal y democrático, un auténtico Estado moderno.


Fotografía tomada de https://news.culturacolectiva.com/mexico/amlo-pide-aplicar-austeridad-a-partidos-politicos/


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