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La simulación indigna más que las jaulas

Por: Dulce Rocio Reyes Gutiérrez

Los emigrantes no se van porque quieren,
sino porque los echan.
Eduardo Gaelano
¿Por qué nos dolió tanto ver a los niños migrantes enjaulados en EU? ¿Por qué nos llegó al alma escuchar sus llantos y su grito de auxilio? ¿Qué sintió México cuando se hizo pública la separación familiar de los migrantes en EU, y su vez, reabrió el tema de la criminalización, a través de la llamada “tolerancia cero”? ¿Por qué despertó un poco al gigante dormido? ¿Fue una indignación real, o sólo momentánea y morbosa?

La migración infantil acompañada o no acompañada no es cosa del momento, sino una realidad constante. Muchos jóvenes, niños y niñas centroamericanos transitan por México con miras a lograr su sueño, y muchos mexicanos se truenan la cabeza y esconden el miedo al cruzar la frontera hacia Estados Unidos. Esto genera múltiples comentarios, algunos en contra y otros a favor. Pero más allá de qué pensemos cada uno sobre el tema migratorio, sobre las jaulas en donde se tienen a los niños asilados, o sobre el beneficio económico que la inmigración trae a los países, lo cierto es que esa realidad ya ha rebasado cualquier ley, cualquier precepto moral, se cuela por cualquier reja y se salta cualquier muro.

Aunque no hay cifras oficiales, se calcula que más de 2 mil niños se encuentran en albergues en Estados Unidos, es decir, más de 2 mil familias separadas. Esos niños están siendo usados como un símbolo de poder de Estados Unidos ante el mundo, y a su vez, para exigir al Congreso estadounidense, una ley de migración más restrictiva, que incluye, el financiamiento de 25 mil millones de dólares para la construcción del muro en la frontera con México. Nuevamente, los niños son usados para beneficio de los adultos perversos y no vistos como seres humanos.

Y mientras escuchamos, vemos o leemos todo esto, los mexicanos simulamos indignarnos. Nos duele el llanto de esos niños porque los vemos indefensos, porque las imágenes son impactantes, porque los malos son “los gringos”, pero es bien sabido que México también separa familias de inmigrantes centroamericanos. Tan sólo en 2017, 10 mil 740 niños fueron detenidos en estaciones migratorias del país, según la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación.

Entonces, ¿Nos indignan las imágenes y nuestra falsa moralidad o la crudísima realidad que sucede a diario? Seguramente mañana se nos va a olvidar, pero los niños migrantes seguirán llorando y durmiendo bajo cobijas térmicas en jaulas, si bien les va, o bajo el frío en el desierto, sobre el tren que lleva sueños, o bien, no dormirán.

Del otro lado de la frontera también se simula, Trump firmó un decreto que pone fin a la separación de familias en la frontera, pero no pone fin a la xenofobia y a la “tolerancia cero”. Sus palabras son contundentes: “Vamos a mantener a las familias juntas, pero la frontera va a ser tan dura como ha sido”. Entonces, en realidad no importan los niños ni las familias migrantes, sino su violento control sobre ellos, juntos o separados.

La globalización prometió un mundo para todos, luego entonces, el mundo se lo tomó en serio, aunque en condiciones nada beneficiosas para los que se marchan. Estados Unidos es una de las naciones a donde todos quieren llegar, es una nación ideal, o por lo menos, los gringos eso nos han hecho pensar, y ahora, atacan a quienes les han creído. Es como primero invitar a cenar y luego torturar por llegar.

Recordemos que la migración es considerada como un derecho humano, y claro, como personas sentimos la necesidad de movernos, de conocer, de aprender, de ir a otro lado. Sin embargo, la migración no siempre es una decisión “libre”, “deseada”, no siempre atiende a la voluntad de las personas, sino a la imperiosa necesidad de sobrevivir en un mundo que nos está matando de hambre, sed, diabetes, cáncer y estrés. Los organismos internacionales hablan de una migración forzada, que es aquella movilidad humana consecuencia de conflictos políticos, étnicos, religiosos y comunitarios; por la violencia generada por las guerras, guerrillas y narcotráfico; la irrupción de catástrofes naturales y el desplazamiento ocasionado por la realización de grandes obras de infraestructura.

En general, la migración forzada “se refiere a la movilidad humana ocasionada por las dinámicas de acumulación del sistema capitalista mundial, el desarrollo desigual y el proceso de neoliberalización que destruyen los modelos de desarrollo en los países periféricos”, como se puede leer en el Diccionario crítico de Migración y Desarrollo, de Humberto Márquez Covarrubias.

Entonces, la migración infantil es migración forzada, no es decisión de los niños, no se les pregunta. Y al enjaularlos, al separarlos de sus seres queridos, al causarles daños irreversibles, se violan diversos derechos fundamentales, que incluso, se establecen en la Convención de los Derechos del Niño. Tan sólo mencionemos tres de esos derechos violados: El derecho a la vida, la supervivencia y el desarrollo, el derecho a la protección frente a situaciones de desamparo y el derecho a un trato penal respetuoso. ¡Bah, letra muerta!

No cabe duda que los adultos en Estados Unidos y en México somos quienes les hacemos mal a los niños y luego nos indignamos falsamente. Que quede claro que no poseemos un código moral superior. Entonces, guardemos silencio para escuchar no sólo su llanto, sino lo que dicen, lo que necesitan, lo que les urge y esperan en el presente y en el futuro. Hagámoslo sin más simulación, sin más culpa. Hagámoslo de una manera sensible y real. Por ellos, por los niños migrantes, que están en busca de un pedacito de mundo más justo.

Como afirma la antropóloga Valentina Glockner, “Los niños no necesitan que les expliquemos como es el mundo, ya lo están viviendo. Lo experimentan, lo disfrutan y lo aprehenden todos los días. También lo sufren y lo sueñan. Ellos no necesitan que los ayudemos a decir las cosas, porque nadie las dice mejor que ellos, ni con palabras más ciertas y más hermosas. Necesitan solamente que guardemos silencio y los sepamos escuchar”.


Fotografía tomada de
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Por: Dulce Rocio Reyes Gutiérrez


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