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Crónica de un acoso

Por: Dulce Reyes

"No hay barrera, cerradura ni cerrojo
que puedas imponer a la libertad de mi mente".
Virginia Woolf
Radiante como cualquier domingo salí de mi hogar rumbo a la casa de mis padres, para hacer la visita de cada semana. Esperé un par de minutos el autobús. Cuando subí me percaté que había poca gente, pues era domingo muy temprano y a esas horas la gente duerme o desayuna cómodamente en casa. Decidí sentarme a la mitad del bus, cerca de la ventana para ver salir el sol. Dos paradas después, cerca de la Terminal de autobuses de Toluca, subió un contingente de aproximadamente 5 personas. Fue entonces cuando comenzó el desagradable encuentro que a continuación compartiré.

En el trayecto yo leía un artículo sobre la violencia que sufren las mujeres en las guerras y cómo son sometidas sexualmente por el enemigo para mostrar su poder. Justo en el cuarto párrafo de mi texto, sentí una presencia. Un hombre se sentó a mi lado. No sería raro si el autobús fuera lleno, pero había más de la mitad de asientos disponibles. Entonces mi mente fue sacudida por una serie de acontecimientos anteriores, parecidos a ese. Me puse en alerta.

Y sucedió como pensé. El hombre comenzó a mirar mis senos y mi sexo descaradamente. Lo sentí y lo miré de reojo, pensando que tal vez me había sugestionado. Pasamos varios semáforos y las miradas perversas eran más insistentes, así como el intento de acercar su pierna a la mía y su mano a mi pierna. Yo sabía qué pretendía, pero decidí tranquilizarme y pensar qué quería hacer al respecto, pues había escuchado mucho sobre el acoso y yo misma había sido víctima de ello anteriormente. Entonces pensé varias cosas, por ejemplo, que es difícil tratar de entender esas situaciones cuando te encuentras en el lugar de la víctima, que la rabia te corroe, pues alguien osa alterar tu tranquilidad. Pensé en las mujeres valientes que se atreven a denunciar y a enfrentarlos, pero también pensé en las niñas que son acosadas sin saber de qué se trata al inicio, pero al final son llenadas de recuerdos hirientes. Sentí rabia y pensé en golpearlo, en gritarle y evidenciarlo ante todos los pasajeros. Pero sólo lo pensé.

Mientras eso pasaba por mi mente, él seguía intentando tocarme y su miraba era cada vez más inquietante. Fue entonces que decidí enfrentarlo. Respiré profundamente, volteé a verlo, lo miré a los ojos y le dije: “¿Por qué acosas a las mujeres en el autobús? Dime, ¿por qué?” Su reacción fue tan sumisa, que se limitó a decirme con voz baja: “No te estoy acosando”.

Entonces, con voz firme, le dije que sí me estaba acosando, que intentaba tocarme y eso era acoso. Él, mirando al frente del autobús me contestó: “Sí quisiera tocarte ya lo hubiera hecho, por las miradas tal vez sí, pero no te he tocado”.

Su respuesta me dejó pasmada un rato, pues pensé cuál era la diferencia entre tocarte y desnudarte con la mirada, sí se podría llamar de una manera diferente o si el objetivo era distinto. Pero no, el acoso es acoso, ni menos ni más, el acoso es un delito, pero sobre todo, es violencia. Así se lo hice saber a aquel hombre que alteró mi día y mi ansiedad.

“Pero dime, ¿por qué acosas a las mujeres en el autobús? Seguramente no es la primera vez. ¿Sabes que es un delito?”, le dije tranquila pero firmemente.

“Sí”, contestó.

Ahí terminó nuestra nunca deseada conversación. Pensé en pedirle que se cambiara de asiento o cambiarme yo. La segunda opción la descarté sin dudar, pues era mi sitio y no me retiraría de él. La segunda también la descarté, porque esa no es una solución de fondo, y además ahora el más incómodo era él.

Así pasó el transcurso del recorrido, la acosada sentada al lado de su acosador después de haber intercambiado algunas palabras demasiado amables, pero lo hice así porque creo que la violencia no se debe contestar con más violencia, que hay otras formas para enfrentar, a veces guardadas, que hay que descubrir.

En seguida encendí la cámara de mi celular discretamente y grabé unos minutos su cara. Ahora esa imagen está en redes sociales con mi denuncia. No sé si es lo ideal, pero fue la forma que encontré de manifestar el suceso, de esos tantos que pasan desapercibidos a diario.

Entonces, ese hombre se bajó y yo seguí mi camino. Los recuerdos aún me corroen, porque recordé todas las veces que me han acosado, algunas en el autobús, otras con propuestas sexuales en el trabajo, unas más con nalgadas en la calle y otras hasta con conductores masturbándose. Así que no fue sólo ese momento incómodo, sino una vida completa, incómoda por ser mujer, por haber nacido así en una cultura que no respeta, que lo ha normalizado, y a la vez, nos hiere el alma y provoca impunidad social. Mi acoso representa los miles de acosos en las calles, en los autobuses, en las oficinas, en las casas, en todos los sitios de México.

Desde este lugar le digo a ese hombre y a sus iguales, que estoy dispuesta a afrontar las violencias que se ejerzan contra mí y contra las mías. Contra mis niñas, contra mis amigas, contra mis hermanas, contra mis iguales. Y le digo también que me hubiera gustado que hubiera tenido la valentía para responder a mi pregunta: “¿Por qué acosas a las mujeres en el autobús?” Pero no fue así, se intimidó.

Fotografía tomada de: http://espacio360.pe/noticia/actualidad/no-mas-acoso-e912?page=post

Por: Dulce Reyes


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