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¿Quién debe estar en las bibliotecas?

Por: Ana Maruri

Pocas veces cuestionamos por qué nuestros espacios están configurados de la manera en que lo están, y sobre todo cómo dichos espacios mantienen reglas no escritas, percepciones de cómo ser y estar en lugares determinados. A propósito, las siguientes líneas:

Jueves por la tarde, día lluvioso en la ciudad de Toluca, entre el sonido de los murmullos que se generan en la sala de lectura de la biblioteca, intento encontrar concentración, estoy leyendo a Carlos Marx, por lo que la idea de cómo las condiciones materiales determinan el pensamiento humano está ya instalada en mi mente, hice una pausa para cambiar de hoja y una escena distrajo mi atención.

Por el pasillo que conduce a la entrada de la sala de lectura vi aproximarse a un hombre, quizá 70 años, estatura media, camisa azul, pantalón de gabardina café y botas de trabajo, sobre sus hombros una mochila de mezclilla, un paso lento, una clama, y mucha tranquilidad. Lo observé acercase a la sala, tomar asiento, acomodar su mochila y sacar un pequeño cuadernillo. Mi mirada curiosa me llevó a tratar de averiguar qué era ese cuadernillo, la distancia y mi vista no ayudó, supongo, por el bolígrafo que el hombre sacó de su mochila se trataba de ejercicios de resolución de acertijos, crucigramas o sudoku.

Tuve que dejar a Marx por un rato, al notar el asombro y la curiosidad que la mayoría de los jóvenes universitarios mostraron a la inusual escena. Entonces pensé: Cómo hemos apropiado nuestros espacios, que nos hemos acostumbrado a ver, cómo hemos “acordado” formas de ser y estar en determinados lugares, y claro, al notar algo diferente nuestra atención se enfoca en ello, en lo que aparentemente es distinto.

No es común ver a una persona adulta, con los signos del trabajo en su rostro y corporalidad, y eso llamó la atención de más de una persona en la sala, la mirada curiosa de porqué estaba ahí, el asombro disimulado, la extrañeza dibujada en la expresión facial, el hecho de detener la mirada sobre aquel hombre que libremente se instaló en la sala de lectura de una biblioteca universitaria, pública además, supongo que más de una persona vio quebrantada su usual rutina con una visita poco común, pero, ¿no son los espacios públicos para todos, para todas? ¿Por qué el asombro?

Acaso un hombre mayor, que parece haber terminado una larga jornada de trabajo no debe estar en una biblioteca, luego entonces, ¿Quiénes deben estar en las bibliotecas?

Nuestra visión del espacio debe ser cuestionada no desde quienes deben estar y cómo deben estar en ciertos lugares, sino desde por qué nos sorprende una escena que pareciera tan común.

Los espacios públicos deben ser tal, y eso suena tan bien, pero no es tan sencillo de lograr, por esas reglas no escritas, por nuestra propia intersubjetividad, pero debemos abrir las posibilidades de que los espacios, máxime si se trata de una biblioteca, sean abiertos en toda la extensión de la palabra. Que el asombro se vuelva admiración, que nuestra mirada y percepción comulgue con la visión de espacios compartidos, de espacios enriquecidos con nuevas presencias.

A aquel hombre, gracias por desplazar a Marx en una tarde lluviosa para ponerme a pensar en el espacio y la percepción de éste, y sobre todo, por ignorar la mirada constante sobre su persona.


Fotografía tomada de https://previews.123rf.com/images/urfingus/urfingus1601/urfingus160100243/52463778-Tabla-en-el-fondo-del-estante-lleno-de-libros-Biblioteca-vieja--Foto-de-archivo.jpg

Ana Maruri

Comunicóloga mexicana


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