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La prisión infantil de México

Por: Dulce Reyes

ENSAYO
Cuando un hombre o una mujer llegan a una prisión para cumplir una sentencia, no sólo se encierran sus cuerpos, sino también sus almas. No sólo se castiga a una persona, sino a la humanidad entera.

“Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”, decía el filósofo y matemático griego Pitágoras. Porque para torturar, castigar y asesinar, el hombre se convierte en el ser más imaginativo, “justo” y sanguinario de todos.

En la Edad Media, los castigos a los herejes eran terribles. Pasaban por un largo periodo de agonía, en la cual se les torturaba hasta que su naturaleza les impedía sentir más dolor. No sólo en esa etapa de la historia el cuerpo humano ha sido el medio para destruir las vidas de aquellos que trasgreden la ley y de los otros que se mantienen vivos, pero mueren lentamente de violencia, impotencia y desesperación.

Las prisiones siguen siendo un medio para encerrar y disciplinar a los hombres. Ahora, se dice, esos lugares oscuros son más humanos, porque no existe tortura. Sin embargo, el privar a un individuo de su libertad, le impide disfrutar de su derecho fundamental a la sociabilidad.

Pero no sólo en las cárceles se encierra a los individuos, en las escuelas también. Durante cinco o seis horas, muchos niños y adolescentes son enclaustrados en una institución, según el discurso oficial, para ser educados.

Desde que México se convirtió en un país independiente, la educación ha sido un instrumento de legitimación del poder político y económico. Es a través de las instituciones educativas del Estado, que se imponen ideologías y se adoctrinan las mentes, es decir, en las escuelas también se priva al ser humano de su derecho a la libertad de pensamiento, expresión y asociación.

En el presente ensayo, se realizará una analogía entre las escuelas de nivel básico de México y las prisiones, pues ambas, guardan ciertas similitudes en la formas y hasta en la arquitectura.

Disciplina escolar

“… Hay que castigar exactamente lo bastante como para impedir…”
Michel Fuocault

Hagamos un ejercicio de imaginación. Pensemos en un lugar cerrado. El terreno es grande y tiene una cuarta parte de construcción, en la cual se ubican almacenes, oficinas y varios salones para diversos usos. El resto está conformado por pequeñas canchas de basquetbol, de futbol, enormes patios y algunas áreas verdes.

En los espacios abiertos, se observan individuos caminando, corriendo, jugando o sentados. Mientras tanto, quienes resguardan la seguridad del lugar se localizan en las áreas de comida, algunos caminando por los pasillos y otros en pie, observando.

Es un lugar administrado por el Estado, y en el que las autoridades deciden cuántas personas ingresan, en qué momento, y las actividades que deben desarrollar diariamente. Todo ser humano que se mueve dentro parece ser el mismo. Visten igual color de zapatos y de uniforme. Se forman en grupos para conversar, jugar o sólo para sentirse acompañados. De pronto, tienen que regresar a sus labores. Al unísono, en grupos caminan hacia un mismo lugar. Así, los patios, las canchas y las áreas externas quedan desiertos. ¿Qué lugar ha sido descrito? ¿Una escuela? ¿Una cárcel? Puede resultar confuso, y lo es. El lugar puesto en su imaginación es una escuela o una prisión. Mucha similitud hay entre ambas.

Pero hay un par de semejanzas más: la privación de la libertad y la disciplina. En la prisión se priva al individuo del derecho fundamental a la libertad, por no haber respetado las reglas impuestas por el Estado, para que exista orden. No se permite la violencia, aunque llega a existir. Y hay reglas estrictas para que los reos no se porten mal.

En la escuela, se mantiene a los niños durante cinco o seis horas en los salones de clase, únicamente se les permite salir a comer y algunas veces al baño. También existen reglas estrictas de convivencia, y quien no las cumple recibe un castigo. Aquí muchas veces se priva al alumno de la libertad de pensamiento, expresión y asociación.

“Obedece” “Silencio” “Debes hacerlo como lo indica el libro” “Sepárense” “No hables” “Siéntate” “Fórmense” “Tomen distancia” “Canten el himno”. La finalidad es disciplinar. Evitar que los alumnos se porten mal.

Pero, ¿qué es el mal? La idea de mal está subjetivizada, pues, por ejemplo, mientras no estudiar para unos está mal, para otros estará bien. “… lo que se debe entender por el mal es algo que no se encuentra fuera de las cosas del mundo. En este sentido, lo más propio al mal es su necesidad” (Velázquez, 1999:253). Si se entiende el mal como parte fundamental de la vida humana, ¿por qué tratar siempre de eliminarlo con castigos diversos?

Según Maquiavelo en el texto El problema del mal en la filosofía política de Nicolás Maquiavelo, escrito por Jorge Velázquez, el origen del mal sólo pudo ser uno: el pecado original.

De esta manera podemos entender que el elemento o acción que la sociedad considera como malo es la desobediencia, pues transgrede las normas establecidas. Ello no permite los cuestionamientos ni las propuestas. Por tanto, quien desobedece al poder, es castigado con todo el peso de la ley.

No sólo se debe considerar al mal por la moralidad, sino por el contenido ético-político al que responden esas acciones. Es ahí donde radica el afanoso interés por evitarlo.“Comprender las cosas de este mundo implica neutralizar cualquier inclinación a definir si los hombres son buenos o malos” (Velázquez, 1999:263). Sin embargo, en las escuelas de México parece ser esa etiqueta, un elemento esencial en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Cuando los alumnos no obedecen o no respetan las reglas impuestas –no consensuadas-, los maestros les aplican castigos, desde una tarea extra, hasta no salir al baño o a comer durante todo el día, o bien, mantenerse en pie hasta poco antes del desmayo.

Si bien en las escuelas de la actualidad no se taladra la lengua a los blasfemos, ni se quema a los impuros, ni se corta la mano al que da muerte, sí existen castigos que someten al niño a los designios del profesor, con lo que probablemente convierten a esos alumnos en rebeldes o sumisos -no equilibrados-. Los castigos escolares son “menos inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego de dolores más sutiles, más silenciosos, y despojados de su fasto visible…” (Foucault, 2010:17).

En la actualidad, la escuela, como en las prisiones, utiliza una nueva política del cuerpo, en ésta, lo que se castiga es el alma, que es resguardada por la carne. Como menciona el filósofo francés Michel Foucault refiriéndose a las cárceles: “El castigo ha pasado de un arte de las sensaciones insoportables a una economía de los derechos suspendidos” (Foucault, 2010:20). Lo que se suspende en las aulas es la libertad de ser.

El costo de las mentes disciplinadas es la pérdida de bienes y de derechos. Además, el castigo se muestra como una función social nada sencilla, pues en la escuela, quien no ejerce una fuerte tecnología del poder, es considerado incapaz de mantener el orden y lograr que los niños aprendan.

Los profesores no tienen el poder de someter a los niños a sus decisiones, intereses, gustos o caprichos, sólo ejercen ese poder en un espacio en el que ellos son la autoridad, pues fuera de ese sitio, regresan a formar parte de la sociedad civil oprimida. Por ello, tratan de evitar el ejercicio de la libertad en las aulas.

Es importante destacar que la relación en la escuela, es política, pues existen varias relaciones de poder, en donde cada fuerza lucha por mantener su status quo. Además, las relaciones de poder y de saber, cercan los cuerpos humanos y los dominan, convirtiéndolos en cuerpos de saber. Pues como es bien sabido, saber es poder, y poder necesariamente es saber. No se trata de evitar que exista orden en las aulas de las escuelas, más bien, se trata de evitar el sobrepoder y que el castigo se normalice en el cuerpo social.

La libertad

“La política de la libertad, es la política de vivir en el conflicto”
Ralf Dahrendorf

El conflicto es inherente a la especie humana, por tanto no se puede evitar. Sólo debe ser domesticado por las instituciones para que sea útil. Cuando existe un discurso impositivo de profesores a alumnos y un ambiente de prohibición y limitada libertad en las aulas de las instituciones educativas, porque los maestros muestran una actitud de autoritarismo y utilizan diversos métodos de control, probablemente no permiten al niño tomar decisiones propias y merman su capacidad de armonizar con el medio social que le rodea.

Ello, los arrastra al conflicto, pues al sentirse no respetados por sus superiores, no respetarán al resto de los seres humanos que se encuentran a su alrededor. Si el Estado detenta la autoridad de la educación, el discurso impositivo y prohibitivo que se utiliza para impartir las clases, proviene del mismo Estado. De esta manera, más que ser educación o instrucción, este proceso se convierte en adoctrinamiento, pues se prohíbe hablar, pensar y cuestionar los dogmas del Estado y su sistema. Por lo que se puede afirmar que la educación formal resta autonomía a los individuos.

La educación es un derecho, pero la libertad también lo es. T.H. Marshall, en su estudio Citizenship and social class formula una triple tipología de los derechos, en los que se incluye la libertad de la persona, la libertad de palabra, de pensamiento y de fe como derechos civiles.

Por otro lado, Ralf Dahrendorf en su ensayo sobre la política de la libertad, ubica el derecho de asociación y la libertad de expresión dentro de los derechos políticos. A pesar de estos dos puntos de vista, la libertad es un derecho.

En las prisiones se limita la libertad de los individuos, pues se encierra su cuerpo durante un determinado tiempo, pero en las escuelas se limita la libertad porque existe prohibición y sometimiento, como parte del proceso de dominación que ahí se establece.

Cuando un profesor de nivel básico, brinda los conocimientos al alumno en clase, pero no le permite cuestionar, proponer, imaginar o comentar, está mermando su libertad de pensamiento, de expresión y asociación. ¿Qué calidad de derecho social es la educación, cuando limita el derecho civil de la libertad? ¿Es posible pensar en libertad? ¿Los mexicanos estaremos preparados para recibirla?

“… no puede haber libertad sin que se den las condiciones de la sociedad civil” (Dahrendorf, 1990:46). Y esas condiciones son los satisfactores básicos de la vida y la posibilidad que tenemos de obtenerlos y disfrutarlos. El filósofo y economista bengalí Amartya Sen, los refiere como titularidades, es decir, la capacidad de la gente para disponer de diversas cosas a través de los medios legales disponibles en la sociedad. Pero cuando no existe la posibilidad de disposición, se están creando barreras sociales, como sucede con el derecho a la educación y a la libertad. Cuando hay oportunidades de obtención de esos recursos, Sen los denomina provisiones.

“En el concepto de oportunidades vitales hay un fondo de libertad. Una sociedad que trate de imponer determinados estilos de vida, que controle la vida real de la gente no es una sociedad libre, sin que importe para ello que el control lo ejerza el Gran Hermano y su policía secreta o simplemente una tiranía moral de persuasión social demócrata. Hay diferencias entre estas dos sociedades, pero una sociedad libre es aquella que ofrece opciones y que no impone los medios para utilizarlas. Por tanto, la tarea de la libertad es trabajar, si es preciso, luchar, porque se incrementen las oportunidades vitales” (Dahrendorf, 1990:39). Dentro de estas oportunidades se inscribe una educación de calidad, y para que esta pueda ser una realidad, debe sembrarse la semilla de la libertad, para crear seres pensantes, que resuelvan problemas, no que los creen.

La libertad debe estar libre del tabú del mal y es necesario que haga propios los valores de la sociabilidad. Debe crear, cambiar y mejorar al individuo. Si el estado de cosas se mantiene, tanto en las prisiones como en las escuelas, las oportunidades vitales estarían lejos de llegar.

Como bien escribió el sociólogo, filósofo, politólogo y político germano-británico Dahrendorf, “La libertad necesita del cambio, de la innovación y, en cierto sentido, de la empresa; la rigidez, el estancamiento, la esclerosis son enemigos de la libertad” (Dahrendorf, 1990:11).

Y para que no exista esa esclerosis social, urge que estalle una revolución. Pero no una revolución armada como en el pasado. El ser humano se encuentra en una etapa superior de vida. La revolución en las escuelas de México que evitarían la continua dominación es una revolución que piensa individual, colectivamente y cuestiona libremente. Pero ¿por qué sería necesaria una revolución social armada con ideas y palabras?

“Antes de que estallen (las revoluciones), transcurren muchos años de represión, de poder arrogante y de negligencia maligna. Un viejo y obstinado régimen se aferra a sus privilegios y, para cuando, quiere comenzar a introducir algunas reformas, ha perdido credibilidad y eficacia. La gente lo rechaza. Las energías en conflicto aumentan hasta alcanzar un estado de tensa confrontación. Es un barril de pólvora” (Dahrendorf, 1990:21).

Ese barril de pólvora debe explotar en cada una de las aulas de México. La gente no quiere una revolución, porque le asusta el cambio. La mentalidad de la mayoría de los mexicanos es de conformismo, pero muchas veces no hay otra salida, y esta es una de esas veces.

Si bien, como menciona Dahrendorf, la clase oprimida debe pasar por varias etapas antes de considerarse dispuesta a la batalla, es pertinente llegar a un cambio profundo, es decir, a una revolución social y no sólo quedarnos en la revolución política del cambio fugaz.

El poder existe en todas las sociedades, en cualquier relación social, sin embargo, el sobrepoder se debe moderar. Se debe construir una nueva tecnología de poder. Para evitar que los hombres y mujeres adultos lleguen a una prisión, se les debe enseñar el valor de la libertad. Una prisión y una escuela deberían ser totalmente diferentes.

“…Está claro que el poder no es benévolo nunca. La sociedad no es agradable, pero es necesaria. Por tanto, la cuestión es de qué forma el poder y las desigualdades que genera se pueden convertir en ventajas, en términos de libertad.” (Dahrendorf, 1990:50).

Conclusiones

El progreso de las naciones es indispensable. Sin embargo, México está encerrado en el discurso y en la imposición de héroes y formas de vida. La libertad sugeriría otra forma de progreso, uno más humano, desprovisto de dolor.

Las 430 prisiones de México y los 57 Centros de Diagnóstico y Tratamiento para Menores Infractores, se parecen en mucho a las escuelas de nuestro país. Las cárceles han sido creadas para rehabilitar a los infractores, y las escuelas para educar. Sin embargo, en las primeras pareciera que se especializa en el crimen y en las segundas se somete.

Es urgente construir una nueva tecnología de poder en las aulas, que no merme capacidades, sino que erija conciencias, que libere personalidades y eduque para vivir. Para ello se requiere tiempo, pues las revoluciones no se hacen en un día, mucho menos las de conciencia. Pero como Maquiavelo aseguraba, “el tiempo es el padre de todas las verdades”.

No será en corto tiempo, sin embargo, la lucha debe ser constante, pues el liberal que deja de buscar nuevas oportunidades vitales deja de ser liberal. Y liberar es la función.

Bibliografía

Velázquez Delgado, Jorge (1999-2000), El problema del mal en la filosofía política de Nicolás Maquiavelo. Sevilla, España, Cuadernos sobre Vico.
Dahrendorf, Ralf (1990) El conflicto social moderno. Ensayo sobre la política de la libertad. España, Biblioteca Mondadori.
Foucault, Michel (2010), Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión, México, Siglo XXI Editores.
Bendix, Reinhard (1974) Estado nacional y ciudadanía. Buenos Aires. Amorrortu.

Fotografía tomada de http://www.info7.mx/galeria/arranca-ciclo-escolar-2012-2013/1693673

Dulce Reyes

Comunicóloga y Maestra en Estudios para la Paz y el Desarrollo


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