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Llorar me hace bien

Por: Dulce Reyes

Quise ahogar mis penas en el licor, pero las condenadas aprendieron a nadar
Frida Kahlo
Desde hace unas semanas en mi cabeza revolotean un par de historias que me han cautivado por su enseñanza, por su valentía de vivir, por las lágrimas derramadas que ahora son fósiles. Son dos mujeres que me han recordado el placer de pertenecer a ese montón de almas grandes, de cuerpos aguerridos.

Comenzaré con Amelia. Una mañana despertó en el hospital y empezó a reflexionar de qué va la vida, desgarrada por dentro y con la mirada decaída. Había pasado ocho semanas con náuseas, mucho sueño, antojos e ilusiones de una nueva vida. Todo indicaba que un bebé con su sangre pronto nacería. La familia gustosa recibió la noticia. Sin embargo, al pasar de los días todo fue incertidumbre mezclado con emoción de madre. ¿Incertidumbre? Sí, las pruebas realizadas daban negativo. “Todos los embarazos son diferentes y la ciencia a veces falla”, le decían. Un argumento sencillo, pero fácil de creer, pues los síntomas eran muchos, los de cualquier embarazo. Era verdad: no había bebé. Se trataba de un embarazo molar completo, donde no hay un feto, pero sí se produce la hormona de embarazo. Tan sólo una bola de quistes, que tuvieron que ser extirpados.

¿Se puede volver a repetir esto?, preguntó Amelia al médico después de la intervención.

Si se repite, señora, es probable que veamos de frente al cáncer.

Demasiada información, muchas emociones y confusión en el pensamiento. Desgarre también durante mucho tiempo, algunos le llaman a eso depresión.

Paula, tan bella, segura y sincera. A los 17 años tuvo que huir de Argentina porque la sociedad le hizo daño. Su novio había muerto a causa de una cirugía mal realizada, pero todos creyeron que había muerto de SIDA, porque era portador del Virus de Inmunodeficiencia Humana -VIH-, contagiado por una transfusión sanguínea. Él murió, pero ella lo padeció. Todos la señalaron, la rechazaron, la aborrecieron, la tacharon, pero sobre todo, la rompieron. Desde entonces, se ha realizado las pruebas de VIH frecuentemente para descartar la posibilidad. Siempre “negativo”. En fin, tan seca estuvo que no tuvo más posibilidades que huir. Llegó a México, donde afortunadamente hizo, bueno, rehízo su vida. Ella dice con la voz entrecortada y todavía con acento argentino, a pesar de los años, “No quiero volver a mi país, me duele decirlo, pero me hicieron mucho daño”.

Escuchar la manera tan amable con que comparten sus historias, me hace pensar, pero ante todo, me hace sentir, y debo decirlo, me hizo llorar. Y me hizo llorar porque las conozco, porque las veo crecer con los días, porque las veo bien fuertes y hermosas, porque me hacen entender que hay que confrontar al mundo, a la vida y a uno mismo, para lograr renacer. Porque ellas lo hicieron y son ejemplo.

Después de escucharlas, leerlas y mirarlas, puedo decir que lloré, y entonces comprendí que no todas las lágrimas son de dolor, algunas son de admiración, de reconocimiento, de perdón, de satisfacción, de derroche, de ansias de fantasía, de ganas de realidad. Algunas son hacia adentro también, y otras hacia el mar. No todas las lágrimas corren en prisión, algunas también acompañan en libertad, en enamoramiento, en deseo, en pasión, en ansiedad, en goce.

Creo que las lágrimas no siempre sanan el alma, a veces sólo la acompañan, la arrastran para seguir, la abrazan. O como decía el célebre escritor belga Maurice Maeterlinck, “A veces no nos dan a escoger entre las lágrimas y la risa, sino sólo entre las lágrimas, y entonces hay que saberse decidir por las más hermosas”. Amelia, Paula, así como muchas, han sabido decidir por las más hermosas, lo sé.

Son tan sólo dos historias, que si las escuchas de su voz, desgarran las entrañas, porque cuando las padecieron, fue como destruir el umbral de vivir, fue como caminar sin rumbo y sin conciencia, fue como dejar de coincidir consigo mismas. Pero así, hay miles de historias más, porque cada cuerpecito que se mueve en el mundo es una historia grandiosa que contar, pero sobre todo, de la cual se puede aprender, aun derramando una lágrima por cada palabra que se cuenta. ¡Bah!, si hay que llorar, que sea así, escuchando vidas rotas.


Fotografía tomada de https://www.youtube.com/watch?v=4xNoNLUvAks

Dulce Reyes

Comunicóloga y Maestra en Estudios para la Paz y el Desarrollo


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