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Disfrutar no es para locos

Por: Dulce Reyes

Por dormir una hora
De sueño profundo
Sin caminar
Uno gana seis francos;
Y por beber bien
Uno gana una pistola;
Este país es alegre,
Uno gana diez francos por día
Por hacer el amor.
(Burke 1978: 190; en Federici 2013)

Abogo por dormir sin preocupaciones, por sentarme en la banqueta un par de horas tomando un vaso de agua de limón, mientras disfruto de la sombra del árbol más alto de mi colonia. Abogo por el descanso del cuerpo y por una caminata lenta alrededor de los portales de mi ciudad. Abogo por dormirme en el pasto y rodar en él. Abogo por mi libertad, por mi necesidad de “perder el tiempo”, como dirían algunos insomnes.

Un amigo me dijo hace un par de meses que lo más importante en la vida de los hombres y mujeres es el “trabajo” remunerado, el que te permite ganar, para comprar los satisfactores. Dijo algo así como “No puedo. Tengo que trabajar, no hay de otra. Es lo más importante para todos. Tenemos que comer”, después de que lo invité a una obra de teatro gratuita cerca de nuestros hogares. No teníamos que pagar ni un peso para ir. Tal vez tenía un poco de tiempo, no lo sé.

Lo cierto es que tiene razón. En la actualidad lo más importante para la vida de los seres “racionales” es trabajar. El ser humano actual dedica más tiempo y esfuerzo para trabajar que para todas sus demás actividades juntas, como puede ser descansar, dormir, jugar, abrazar, caminar, comer, amar. Hemos puesto en primer sitio el trabajo, y creemos que realmente es lo más importante. Lo cierto es que el sistema actual ha desnaturalizado al hombre como ser y lo ha convertido en una máquina generadora de dinero, el que por cierto, nunca le alcanza para satisfacer sus ambiciones ficticias, ataduras mundanas. Algunos también les llaman “necesidades”.

La célebre escritora y activista italo-estadounidense, Silvia Federici, en su libro Calibán y La Bruja, dice “La idea de transformar a este ser ocioso, que soñaba la vida como un largo carnaval, en un trabajador incansable, debe haber parecido una empresa desesperante. Literalmente significó ´poner el mundo patas arriba´, pero de una manera totalmente capitalista, un mundo donde la inercia del poder se convertirá en carencia de deseo y voluntad propia, donde la vis erótica se tornará vis lavorativa y donde la necesidad será experimentada sólo como carencia, abstinencia y penuria eterna”.

Así, el sistema del dinero nos convirtió en menos deseo, menos placer, menos cariño, menos diálogo, menos ocio, menos interés, menos sexo, menos sueño, menos hacer y estudiar lo que nos gusta, y no volvió seres fabriles.

Algunos dirán que los seres humanos siempre hemos trabajado, y es verdad, pero la historia demuestra que se ha hecho bajo condiciones diferentes en tiempo, espacio, e incluso, disfrute y aprendizaje. Es verdad que nuestros abuelos se levantaban a sembrar la tierra a las 4 de la mañana y que caminaban horas para llegar al mercado de la ciudad más cercana a vender sus animalitos. Los míos me lo contaron también. Pero además me contaron que mientras caminaban, encontraban ríos donde bebían agua y nadaban para refrescarse. Que después de terminar la labor del día, se sentaban a tomar un pulque en compañía de otros trabajadores y vecinos. Que mientras hacían tortillas a mano, las madres les daban consejos a las hijas sobre como curar al niño de empacho. Es decir, era un trabajo distinto, donde no había fábricas ni oficinas, sino el mundo por sí mismo. A pesar de la lluvia, del intenso sol, del viento frío, de la carga a la espalda, del dolor en las plantas de los pies, el trabajo que hacían era de ellos, con sus decisiones y bajo sus condiciones. Lo vivían. Los trabajadores de ahora tan sólo desean fervientemente terminar su jornada e irse a su casa a “descansar”, aunque otros, se van directo a su segundo empleo.

Hemos dejado de apreciar todo lo que se aprende sin ser productivo para el sistema. Hemos dejado de lado aquellos momentos que nos enseñan cuan importante es sentir la arena con el torso desnudo, cuan grandioso es contar las estrellas en compañía y pedir deseos, cuan sublime es disfrutar el contacto con la piel del ser amado. Por eso, estos momentos no son menos importantes, no son sólo para la gente perezosa, ni para los mediocres, ni para los que no luchan por sus sueños. Los momentos de ocio son para los que luchan de otra manera, para los que han descubierto lo terriblemente hermoso que es vivir, para los que tienen esperanza, para los que son justos. Y también deberían ser para los hombres y mujeres de oficina, para los estudiantes, para los obreros y comerciantes, para todos. ¿A qué hora? Algunos minutos de las 24 horas que tiene un día. Pero sobre todo, a la hora que entendamos que disfrutar no es para locos, ni para tontos, sino para seres con vida.

Deseo que algún día luchemos también por nuestro derecho humano al ocio, a caminar sin rumbo, a mirar sin desear comprar, a escuchar llorar al niño. Deseo que algún día abramos la puerta para sentir el sol, para mirar los ojos del ser amado, para acariciar el árbol, para levantar al niño que se ha caído en el lodo, para saludar al vecino. Deseo que algún día luchemos por volver a ser seres humanos, por recuperar nuestra naturaleza de hombres y mujeres. Deseo algún día decirle a mi amigo que sí hay de otra, que hay muchas cosas importantes en el mundo. Deseo que algún día acepte mi invitación al teatro, y decirle que no pagaremos nada, pero ganaremos mucho, y que esta vez, sí le alcanzará.


Ilustración de Blanca Reyes

Dulce Reyes

Comunicóloga y Maestra en Estudios para la Paz y el Desarrollo


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