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Un México mal educado

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noviembre 29, 2016
Diálogo de uno
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Un México mal educado

Por: Alberto Vieyra Gómez

En el mundo azteca, las escuelas Calmécac y Telpochcalli tenían la encomienda fundamental de educar a hombres y mujeres en valores universales para que pudieran desarrollarse y servir a la sociedad de la que formaban parte.

El Calmécac era la escuela para los nobles mexicas del México-Tenochtitlan. En esta institución se les preparaba para la guerra, el sacerdocio, la astronomía y otras ciencias, medicina herbolaria, religión, arte, música y filosofía, economía y política, y sobre todo, valores morales y disciplina.

El Telpochcalli era la escuela que educaba, a partir de los 15 años, a los plebeyos y jóvenes del pueblo para servir a su comunidad y para la guerra.

Sí, la educación entre ambas instituciones variaba en cuanto a las disciplinas, pero el espíritu y fundamento de esa educación eran los valores morales.

Pronto la puerca torcería el rabo. A la llegada de los conquistadores españoles, en 1519, el choque de ambas culturas produciría una educación fundamentalmente católica en la que se veneraría a muchos patroncitos y patroncitas. La conquista tuvo dos ejes fundamentales: la destrucción de una extraordinaria cultura y la evangelización de los naturales. La espada y la cruz. El madrazo y la sobadita.

Para taparle el ojo al macho, en 1600, el virrey Gaspar de Zuñiga y Acevedo decretaría que en las escuelas católicas se impusieran las Ordenanzas de los Maestros del Nobilismo Arte de Enseñar a Leer, Escribir y Contar; pero resultaron letra muerta o como los llamados a misa.

Sumisos en una avasallante educación católica llegaremos al inicio de la Guerra de Independencia, cuando en México había seis millones de habitantes, y de ese universo sólo el 1 por ciento eran letrados, en su mayoría fufurufos del ejército, la Iglesia católica, el gobierno y los comerciantes.

En 1833, don Valentín Gómez Farias intentaría poner orden en el desastre educativo nacional, pero el obstáculo número uno se llama Antonio López de Santa Anna Pérez de Lebrón, que siempre hacía lo que la Iglesia decía.

No sería sino hasta que Benito Juárez rescató a la República de manos de los franceses cuando la educación en México tomaría el carácter de pública, aunque la generosa atención de los triunfadores buscaba establecer un control sobre ella y utilizarla para transmitir la filosofía del nuevo Estado liberal mexicano.

Poco nos duraría el gusto, porque cuando Porfirio Díaz llegó al poder en 1876, los curas de la alta mitra lo obligarían a que adjurara la Constitución de 1857 que marcaba la separación Iglesia-Estado, toda vez que no lo podían casar con su sobrina Delfina, porque el general había jurado cumplir y hacer cumplir esa Carta Magna. Porfirio Díaz traicionaría a la patria por una mujer y haría que la Iglesia volviera por sus fueros a meterse en política y en una retrograda educación católica.

Álvaro Obregón Salido y Plutarco Elías Calles intentarían sacar a la Iglesia de las cuestiones públicas, y a punto estuvieron de ser asesinados durante la llamada Guerra Cristera, que costó al país la muerte de más de 82 mil mexicanos, entre 1926 y 1929.

Durante el régimen socialista del general Lázaro Cárdenas del Río, la educación pública en México recibiría un apoyo sin precedentes. Elevó las escuelas públicas a 16 mil 545 instituciones, con asistencia de un millón 800 mil alumnos. El 70 por ciento de aquel México, era un México rural.

Cárdenas declaró que no perseguiría a la Iglesia y que la única manera de contrarrestar su influencia era a través de la educación. Por tanto, ordenaría que donde hubiese una iglesia, tendría que haber una escuela.

Mucho se avanzó en ese y otros regímenes en la era priísta, pero hasta hoy, la Iglesia católica sigue imponiendo su tiranía de sumisión y atraso, mediante una educación conservadora con el surgimiento de universidades, propiedad del Vaticano, y una educación sin ton ni son.

El surgimiento de la televisión en México marcaría la era de un nuevo desastre educativo nacional, la TV, particularmente Telesistema Mexicano, hoy, Televisa, se convertiría en la gran empresa destructora de los valores nacionales. Las pugnas intergremiales en el magisterio se convertirían en otro cáncer para profundizar en la crisis educativa de México, que en los últimos años nos ha exhibido en el plano internacional como una nación de reprobados y con orejas de burro.

Jesús Reyes Heroles, el famoso tuxpeño ideólogo del PRI, definiría mejor que nadie a la mala educadora televisión: “Lo que los gobiernos de la República construyen por la mañana en las aulas, la televisión lo destruye por las tardes en los hogares”.

Sí, la mayor producción de la televisión comercial es vacía, sin contenidos, aunque durante la administración de Emilio Azcárraga Milmo se producirían programas históricos que no resultaron cómodos para el Estado, con producciones como el Vuelo del águila, El carruaje, Juárez y otros. Pero ya en la administración de Emilio Azcárraga Jean, en el 2002, por ejemplo, Televisa daría inicio a la producción de programas basura como Big Brother, un programa idiota en el cual se profirieron más de ocho mil groserías, que por respeto aquí no puedo reproducir.

El agotamiento de esa crisis educativa actual en el país, que en una de sus vertientes refleja que la mitad de los jóvenes de 15 años no tiene la capacidad cognoscitiva indispensable, ni saben construir de manera coherente párrafos para formular una carta o cualquier otro texto, no es responsabilidad exclusiva de los profesores, sino se trata de una suma de decisiones fallidas desde el Estado y donde los medios masivos de comunicación, en particular la televisión y una parte del radio, también han influido con la transmisión de contenidos basura, coinciden expertos.

Para Manuel Gil Antón, investigador de El Colegio de México, “en un país corrupto como México, lo urgente en materia educativa no es sacar 10 en la prueba PISA, sino formar sujetos solidarios que exijan un cambio en el país”, (La Jornada, 22 de mayo de 2014).

Aunado a este proceso desnacionalizador, durante los regímenes de Miguel de Madrid y George Bush -padre- se crearía una comisión binacional México-norteamericana que tenía como objetivo, en primer lugar, la integración económica de México al Tío Sam mediante el Tratado de Libre Comercio, firmado por Carlos Salinas de Gortari, y en segundo lugar, colapsar el espíritu nacionalista de los mexicanos mediante el desgaste de instituciones como el PRI, como aglutinador político de la sociedad mexicana; la virgen de Guadalupe, que fue puro cuento; el desgaste del Ejército mexicano; el desprestigio de Pemex para lograr que el imperio de las barras y las estrellas se apoderase del oro negro mexicano; y la UNAM, como forjadora de las nuevas conciencias nacionalistas, como quedó documentado en el libro La noche priste del 2000, a cargo de quien esto escribe.

Desde el régimen de Miguel de la Madrid se emprenderían rabiosos embates en contra del civismo y la historia nacional, y como parte de ese acuerdo binacional, la consigna era desaparecer de los libros de texto gratuitos, la historia de México, particularmente episodios como la existencia de los niños héroes de Chapultepec y la guerra entre México y EEUU, entre 1847 y 1848, que culminaría con la descuartización de la nación azteca, mediante los ignominiosos Tratados de Guadalupe Hidalgo, a través de los cuales el rancio conservadurismo panista, encabezado por el interino presidente de México, Manuel de la Peña y Peña, entregaría a los gringos, 2 millones 547 mil 242 kilómetros cuadrados de nuestro territorio, el 62 por ciento que asemejaba en aquel entonces un cuerno de la abundancia. Sí, la abundancia fue para el Tío Sam, y para los mexicanos, puro cuerno.

Se trataba de que EEUU no se exhibiera en los libros de historia mexicana como una nación de villanos canallas. La comisión en cuestión, por parte de México, estaba integrada por Héctor Aguilar Camín, Carlos Fuentes, Rosario Green, Hugo B. Margáin, Socorro Díaz Palacios y el panista Fernando Canales Clarión.

Los embates desnacionalizadores contra la educación en México aún no cesan, y quizá ello explique el porqué del desastre educativo nacional.

En la actual reforma educativa, redactada en el extranjero y promovida por las cúpulas empresariales de México, durante el régimen de Enrique Peña Nieto, se ha borrado por completo en los libros de texto las materias de Historia y Antropología.

La llamada reforma educativa peñista tiene de todo, menos algo tendiente a mejorar la educación en México. De lo que se trata es que el Estado vuelva a tener el control absoluto sobre el magisterio mexicano con más de mil 500 miembros, aniquilando por todos los medios a la disidencia de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación -CNTE-. El botín político magisterial es muy codiciado por el gobierno.

Para el ex rector de la UNAM, Manuel Pérez Rocha, está claro que “la reforma educativa no abona a la mejora del sistema académico, sino que sólo es un medio de control del magisterio”.

Para otros estudiosos y analistas de la catástrofe educativa mexicana, el meollo del asunto está en un limitado desarrollo en la actual sociedad del conocimiento. Es decir, que en las escuelas públicas y privadas de México no se prepara a los jóvenes para obtener conocimientos y oportunidades que lo lleven a un pleno desarrollo en su vida, sino sólo para obtener un título y certificado como si de un trofeo se tratase.

¿Estamos ante una educación patito? En un espléndido artículo titulado La crisis real de la educación en México, publicado por El Universal, el 29 de junio de 2015, el sociólogo y antropólogo Ricardo Homs, experto en temas educativos, advierte que “el problema que en México traemos con la educación no sólo es con la CNTE, sino que es mucho más profundo. Es una problemática social insertada en una visión equivocada, la cual limita nuestro desarrollo en un mundo orientado hacia la sociedad del conocimiento, como lo definiera hace casi veinte años Peter Drucker, el brillante pensador austriaco, padre de la filosofía del managment... En el mundo de hoy el conocimiento y el talento son la plataforma del éxito, y en ambos casos la educación es el medio para alcanzarlo. Nos permite acceder al primero y también desarrollar el segundo, o sea, el talento. Mientras la sociedad no valore el conocimiento, continuaremos viviendo la crisis educativa”.

Por: Alberto Vieyra Gómez

Periodista mexicano


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