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¿Por qué valorar a nuestros interlocutores?

Por: Nereida Alejandra Portillo Dávila

Muchos problemas de la comunicación interpersonal tienen su origen en ideas previas que tenemos sobre nuestros interlocutores, mismas que se ven reflejadas a la hora de hablar, de movernos, de mirar a los demás. Esto se debe, en muchas ocasiones, a las relaciones de poder que tienen lugar en la comunicación interpersonal y que pueden contribuir a que una persona se sienta apreciada, incluida, con mucho valor; o por el contrario, pueden permear escenarios donde la persona se sienta menospreciada, excluida, sin valor.

Para explicarlo mejor, permítanme hacer la siguiente analogía. En las tiendas todos los productos tienen un destino específico, fueron creados atendiendo a las características de un determinado público objetivo; dicho en otras palabras, no se venden todos los productos a todas las personas. Se hacen diferentes productos para diferentes públicos. Hay, por ejemplo, distintas calidades, precios, colores, formas… La idea que hoy quiero compartir es la siguiente: a la hora de hablar con los demás pasa algo parecido, le damos un determinado lugar a nuestro interlocutor y organizamos nuestras palabras en consecuencia, la mayor parte del tiempo sin darnos cuenta. Muchas veces cambiamos nuestro lenguaje verbal y no verbal según como cambian nuestros interlocutores, de tal manera que creamos un diferente producto para los diferentes públicos o receptores. ¿Te ha pasado, por ejemplo, que cuando una persona te ha “sacado de quicio” o te ha hecho enojar le hablas de forma cortante, sin ganas o incluso de forma grosera? Y en cambio, le hablas de forma muy diferente a las personas con las que te llevas bien o con las que no estás molesto (a). Esto se debe a que hemos tomado una determinada posición desde la cual nos comunicaremos con el otro.

En su libro “Posiciones de la enseñanza”, Elizabeth Ellsworth desarrolla el concepto de direccionalidad en la educación. Este concepto habla, en buena medida, de las relaciones de poder que surgen en la interacción social cotidiana, sobre todo, de la posición que le otorgamos a una persona en la dinámica comunicativa. Ellsworth explica que “los expertos en cine lo han utilizado (el término) para plantear esta pregunta: ¿quién piensa esta película que eres tú?”. Ella lo lleva a la educación para preguntarse: ¿quién cree el maestro que son los estudiantes? Este cuestionamiento es importante porque propone que los estudiantes pueden definirse a sí mismos de acuerdo con la percepción o definición que les dio el maestro previamente. Así, el valor que nosotros les damos a las personas puede condicionar, que no determinar, la forma en la que se ven a sí mismas. Como ejemplo de lo anterior, hace unos días platicaba de este tema con algunos universitarios. Uno de ellos dijo saber a qué me refería y me compartió una historia. Cuando él estaba en primaria su maestra daba la siguiente indicación: en las filas del lado izquierdo se sentarían los listos (inteligentes) y del lado derecho del salón se sentarían los considerados menos inteligentes. El universitario en cuestión recuerda cómo dicho estigma (de inteligente o no) los condicionaba para actuar de tal o cual forma. Es decir, la maestra, de acuerdo con su evaluación había decidido cuál lugar le correspondía a cada niño. Yo trataba de ponerme en el lugar de aquellos estudiantes y me preguntaba ¿cómo se sentiría un niño al saberse de uno u otro lado? ¿Cómo actuarían luego de dicha división cada uno de los grupos?

De acuerdo con el ejemplo anterior y con el concepto de direccionalidad de Elizabeth Ellsworth, podemos decir que la forma de percibir, valorar, tratar a nuestros interlocutores, condiciona la forma en la que ellos se perciben así mismos. Además, siguiendo la reflexión, es interesante analizar que lo que nosotros decimos o el impacto de nuestras palabras, no sólo habla de nosotros, de lo que somos, sino de cómo percibimos a los demás. Esto es interesante porque, cuando hablamos en público o interactuamos con los demás, a veces podemos preocuparnos mucho por lo que diremos y cómo lo diremos, pero cabría también preguntarnos lo siguiente: ¿Cómo estamos haciendo sentir a nuestros interlocutores? ¿Qué pensamos de ellos? ¿Qué tanto los valoramos? Quizá con estas reflexiones abonemos a la generación de espacios de comunicación más empáticos. Para finalizar es importante señalar que el hecho de darles valor a nuestros interlocutores evidentemente no es la única variable para una buena comunicación. A la hora de relacionarnos con los demás intervienen infinitos elementos: como la percepción que previamente cada quien tiene de sí mismo, el contexto, el momento, la historia de cada quien, el objetivo que busques con tu mensaje; y sin duda, un largo etcétera. Lo importante es, desde mi punto de vista, saber que si valoramos a los otros cuando hablamos con ellos, un lenguaje verbal y no verbal empático se dará naturalmente. Y también lograremos que los demás se sientan valiosos.

Nereida Alejandra Portillo Dávila

Comunicóloga, Maestra en Desarrollo Humano y en Estudios para la Paz y el Desarrollo


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