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Por: Silvia Megías Ortiz

Con la mano en el corazón y los pies en la tierra

Cuando me ofrecieron la posibilidad de escribir en este espacio no tuve dudas. Me dije: Quiero y necesito escribir sobre el amor. Un tema controvertido y sobre todo complejo, que se rige por una teoría moral y ética y una práctica que se aleja bastante de lo que gobierna la teoría.

En estos momentos, me encuentro en una de esas etapas de la vida en la que después de haber superado los pensamientos ilusionistas, el ser humano vuelve a la realidad, pisa tierra y empieza a comprender lo importante de la vida. Pero para ello, primero tienes que haber recibido muchas decepciones, haber cometido muchos errores y sobre todo haber vivido muchas experiencias.

En todas estas experiencias hay un componente base: el amor. Porque detrás de estas decepciones y errores siempre ha aparecido su palabra y lo que deriva de ella: desengaños, desilusiones, rabia, tristeza, alegría, entusiasmo, idealismo... Ahora y en esta etapa de la vida, es cuando comienzo a darme cuenta que la teoría por la que se rige es idealista y sobre todo IRREALISTA porque su significado lo utilizamos para reivindicar valores culturales y éticos fácilmente quebrantables.

¡Ya empezamos con el discurso pesimista!, pensarán los que lean estas palabras y especialmente aquellos que me conocen. Y nos les falta razón a quienes lo piensan. Pero en mi opinión nos encontramos ante un panorama social cotidiano, que pone en duda que lo que haya en estos momentos sea amor. Guerras, violencia, maltrato, insultos, intereses propios, manipulación y falta de libertades, y un sinfín de actos que precisamente no se rigen ni por la teoría ni por la práctica de la palabra amor y que encontramos fácilmente en el día a día.

¡Pero basta ya de tanto pesimismo! Para nada pretendo que mi carta de presentación ante unos lectores se rija por el pesimismo y la queja. A partir de estas líneas lo que gobernará serán las palabras de la mano en el corazón y los pies en la tierra. Es una frase que me acompaña y forma parte de mi particular forma de experimentar la vida.

La mano en el corazón encuentra su significado en la decisión y acción cotidiana acompañada de cariño y respeto, primero a lo que haces por ti y después a lo que haces por los demás. Por favor, que nadie me venga con el cuento de que el amor lo recibes de los demás, y es cierto, hay que recibir amor ajeno, pero como el propio ninguno, y es aquí cuando aparece la segunda parte de mi filosofía de vida: "los pies en la tierra".

Porque hay que ser tan realista para pensar como para querer. Hay que saber querer, empezando por la vida, pero teniendo en cuenta que quizás algún día nos veamos envueltos en guerras, injusticias, traiciones, maltratos, decepciones, etc. Por supuesto, debemos querernos a nosotros mismos, con nuestras imperfecciones pero sobre todo por nuestro valor como seres humanos. Y en tercer lugar, querer a los demás con todos sus defectos y agradecerles por elegirnos para compartir las experiencias de la vida.

Todo lo que expongo es fácil de decir y describir, pero todos sabemos que en la práctica no siempre se produce, ni mucho menos. He aquí algunas razones (un tanto pesimistas también):

* Nuestra condición humana y nuestra psique está creada para sufrir miedo y protegernos ante el peligro. Y cierto miedo humano es positivo, precisamente por lo que alego: "la defensa ante el peligro". Pero todo en exceso es peligroso.

* Nos están constantemente bombardeando de peligros inexistentes y defensas bajo armas. Creo que no hace falta añadir más.

* La falta de amor propio en una sociedad donde el aspecto físico reina sobre los valores íntegros de la persona. No hay persona que en la actualidad no le preocupe algún rasgo de su aspecto físico. Claro está que esta preocupación se traslada al lado negativo de la cuestión. Especialmente quien más sufre esta falta de amor propio es el género femenino, quien se encuentra bajo la presión de la sociedad del culto a la belleza. Por no hablar de una sociedad cada vez más exigente en el nombre de la felicidad, que se obtiene a manos de medios materiales: "tanto tienes, tanto vales".

* Y en tercer lugar, vivimos de la queja sin valorar ni apreciar lo que nos rodea. Nos quejamos de nuestros trabajos, nuestros amigos y amigas, nuestras parejas, de todo. Dejando escapar la oportunidad para agradecer al cosmos y la vida general de nuestra oportunidades y las cosas buenas que nos rodean, entre ellas el amor de los más cercanos a nosotros.

Nos cuesta mucho generar el amor porque la sociedad así le ha convenido. Hemos antepuesto el miedo y la ambición, al amor y la verdad, pero yo tengo la pequeña esperanza de que todavía existe la posibilidad de cambiar un poco todo el sufrimiento y el engaño en el que nos encontramos en estos momentos. Porque el ser humano no nace con la conciencia de atacar violentamente ante el miedo, es más, ni siquiera es consciente de su existencia cuando nacen, hay numerosos estudios que así lo demuestran. Pero en el mundo adulto del ser humano, existen demasiados intereses como para dar cabida a preocupaciones de amor.

Pero no quiero involucrar el discurso al puro pesimismo. Yo creo que todo lo que nos limita a desarrollar lo primero de la vida, el amor, puede superarse, pero para ello se requiere de esfuerzo y sabiduría. Un esfuerzo que nace desde el amor a la propia vida, y la ilusión por existir y hacer cosas positivas por todos nosotros y nosotras. Sin olvidarnos, de nuestro propio valor para generar ilusión. De nuestra creencia de que podemos hacer cosas positivas por el mundo (amor propio) y agradecer al mundo por tener de quienes nos apoyan para realizarlas (agradecer el amor de quienes nos rodean).

Una vez más, parece fácil, pero todos estos pensamientos que expongo son complejos hasta de expresar, puesto que yo misma he incumplido, en no pocas ocasiones, los principios por los que lucho cada día. Pero es inevitable, también formo parte de los errores de la naturaleza humana. También poseo el miedo, la rabia y la ira que me llevan a actuar de forma inadecuada, pero afortunadamente pasado el tiempo y adquiriendo algo más de madurez, voy ganando en sabiduría para poder reconocer en qué me equivoco y mejorar para no volver a caer en estas equivocaciones. Lo importante ya no es solo verse envuelto en un error sino en analizarlo y superarlo con humildad. Reconociendo que no siempre actuamos como debemos, pero nuestra sabiduría poco a poco nos irá guiando para reconducir en el camino que debemos de seguir para evitar el mismo equívoco.

Pero de nada sirve que nos demos cuenta en lo que hemos "metido la pata hasta el fondo" si nuestros principios no quieren o no les interesan llegar a buen puerto. Y es así. Podemos equivocarnos una y otra vez, pero si no poseemos unos principios sólidos de querer hacer bien las cosas, poco nos vale la sabiduría de la humildad y el reconocimiento.

Pero bueno no quiero demorar más en el primer discurso que os expongo. En los próximos escritos iré profundizando más sobre estos pensamientos.

Solo me queda despediros, hasta el próximo escrito. Mientras tanto sigo ahí, en la lucha de hacer valer lo primero de todo...


Ilustración de Blanca Reyes

Silvia Megías Ortiz

España - Educadora social


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