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¿Quién tiene derecho a enamorarse?

Por: Dulce Reyes

Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La elijen, te lo juro, las he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Julio Cortázar
Sublime es la capacidad de sentir aquello a lo que el humano ha dado en llamar amor. Un valor, una capacidad, un sentimiento intenso y desgarrador, una reacción química, o un algo intangible e incomprensible. Como sea la complejidad con que lo veamos, somos capaces de hacerlo pasar por nuestras venas, nuestro cerebro y nuestras acciones. El amor mueve al mundo es una frase común. Dicen los sabios populares que también mueve montañas, o bien, que debe gobernar el todo. En esta ocasión, demos por sentado que existe, en el corazón o en la cabeza, pero existe.

La pregunta es ¿Quién tiene derecho a enamorarse? ¿Quién tiene derecho a sentir aquello que mueve montañas y que es inspiración? ¿Quién tiene el derecho a desgarrarse las vestiduras y dedicar canciones? ¿Quién tiene derecho a sentirlo? ¿Quién tiene derecho a enloquecer por otro, por unos labios intensos, unas manos suaves o una mente de intelectual?

Muchas son las preguntas que surgen en mi cabeza al respecto. Desde pequeña he escuchado a hombres y mujeres juzgar una y otra vez a aquel que está enamorado. He visto miradas acusadoras a las mujeres que son madres solteras e intentan mirar con amor nuevamente. He escuchado palabras inquisidoras contra el hombre joven que “no sabe lo que es el amor” y aún así hace locuras por su amada. También hay múltiples ejemplos de sociedades que discriminan y aíslan a aquellas mujeres que han quedado viudas, como es el caso de la colina Zanabad, en Kabul, y que pareciera que ese estado civil las incapacita para amar.

La cultura mexicana osa en señalar a aquellos hombres y mujeres que desean, necesitan o les place enamorarse. Frases como “Eres muy pequeño para eso”, “Eres muy viejo para…”, “Ya tienes hijos”, “Los niños no pueden…”, “Cómo te atreves”, “Él o ella no es para ti”, “Por ahora no, porque no tienes estabilidad”, y mil señalamientos más. En esos momentos pienso si al amor le importa lo que la sociedad ha determinado como la edad ideal para amar, como el momento y el espacio exacto para sentir este tipo de locura. El sistema social en el que vivimos ha establecido “derechos” no escritos, pero bien impuestos con relación a este tema. Claramente establece que después de la mayoría de edad el amor puede permitirse, que después de los 30 años enamorarse es urgente, que a los 60 años, prácticamente es ridículo. Un derecho visto como una facultad u obligación legítima en las relaciones sociales.

Si lo vemos desde esta perspectiva, entonces todos seriamos demasiado jóvenes, demasiado viejos, demasiado pobres o demasiado ricos para permitirnos el amor. Dicen que cuando uno tiene estabilidad emocional y económica es el momento exacto para ello, que debemos correr despavoridos hacia cupido, es decir, como si tuviéramos que obligar a la química de nuestro cuerpo para amar sólo porque hemos llegado a un límite aceptado en nuestras cuentas bancarias, o porque el psicólogo nos ha dado luz verde para hacerlo. Parece absurdo si así lo contamos, parece estar enferma la sociedad que acepta semejante atrocidad, pero es el pan nuestro de cada día. Es lo que hemos dejado que suceda durante años, es lo que nosotros mismos hemos señalado alguna vez. Entonces, ¿quién tiene derecho a enamorase?

Lo cierto es que al pensar así estamos sometiendo nuestra propia condición humana que nos permite amar a tiempo o a destiempo, que nos permite romper distancias, que nos permite sentir a pesar del propio desengaño. ¿Se puede dejar de amar a alguien inmediatamente después de que nos ha fallado? ¿Se puede dejar de amar a alguien porque ha herido nuestro ego? ¿Se puede dejar de amar a alguien porque cruzó el río y se fue al país de nunca jamás? Entonces, ¿por qué nos aferramos a crear lineamientos para enamorarnos? ¿De qué sirve llegar a la edad estable que se pretende, si el amor es más locura que cordura? ¿De qué sirve tener las cuentas llenas de dinero especulativo, si afuera el amor no pide más que respeto, honestidad y valentía de sentirlo? El amor, señores y señoras, tampoco debe mercantilizarse. No nos permite comprar ni vender y tampoco se exhibe en el mercado.

Padre o madre soltera, anciano o anciana, adolescentes, pobres o ricos, con enfermedades o no, con ideologías diversas, con corazones amables o de hierro, gente de todos los colores, con desgracias en los corazones o con “estabilidad”, hombres de negocios con poco tiempo, activistas de la sociedad, viudos o viudas, indigentes o migrantes, estudiantes o profesionistas, empleados o desempleados, todos tenemos derecho a enamorarnos cada vez que el corazón y el cerebro resuenen, no cuando las normas sociales lo permitan, no cuando ellos nos digan que “sí”. Y es que están tan escasos los amores no fingidos, los amores que desgarran, que someterlos a tan terrible enjuiciamiento, sería evitar que el caos del mundo sea un poco más llevadero.


Fotografía de Horacio Hernández Bringas

Dulce Rocio Reyes Gutiérrez

Comunicóloga y Maestra en Estudios para la Paz y el Desarrollo


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