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La infancia como un mecanismo de control social

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La infancia como un mecanismo de control social.

Por: Dulce Reyes

Resumen En este ensayo se busca hacer un análisis de la objetivación de los niños como un mecanismo de control social. La infancia se ve desde un punto de vista evolucionista occidental, en el que son considerados como seres incompletos, vacíos, que deben ser llenados con el conocimiento y las experiencias de los adultos. Las nuevas mentes son reducidas a las necesidades y objetivos de aquellos que controlan las formas de vida. Así, la infancia -como la locura, que ha sido silenciada por la razón desde el punto de vista foucoultiano-, ha sido silenciada por el adultismo, y sólo se puede entender y estudiar a través de él. Palabras clave: infancia, control social, sujetos, objetos, adultismo
¿La razón silencia la locura? ¿La adultez silencia la niñez? ¿Una estructura de poder define quién existe y quién no? ¿El lenguaje invisibiliza a unos y protagoniza a otros? ¿Por qué unos seres son más “capaces” de tomar decisiones y opinar que otros? ¿Por qué, si todos somos seres humanos? ¿Qué es aquello que lleva a acallar las nuevas mentes? ¿Al silenciar a la niñez, se silencia a la adultez? Encontrar qué fue lo que causó la infantilización de los niños no es el fin del presente ensayo, sino conocer cómo se les trata y la forma en que son considerados por los adultos, pues de acuerdo con la visión evolucionista del pensamiento, los adultos son los que tienen la capacidad de enseñar, guiar, decidir y opinar por tener mayor edad. De esta manera se ha objetivado al niño. Son diversos mecanismos de control de la niñez, que se representan por instituciones, como la escuela, la familia, el Estado, la sociedad. Pues, como asegura Foucault, el poder es más exitoso cuando no se ve, cuando se vuelve normal, e incluso nos hacen pensar que elegimos o que pensamos lo que queremos pensar. El poder alcanza su máxima expresión cuando los dominados participan de su dominación y legitiman el yugo. Al legitimar las instituciones, se legitiman sus dogmas sociales.

Estas líneas buscan ser una visión crítica o de inservidumbre voluntaria ante la mano invisible y a la vez generalizada del poder, que desde la niñez va creando seres humanos pasivos, conformistas, individualistas, inhumanos y de fácil adaptación a las injusticias. Si bien, no todos los seres humanos en la tierra cuentan con estas características, sí podemos generalizar algunas de ellas de acuerdo con actitudes de resolución de problemas, muchos de los cuales se prefieren evadir, como es el caso de la crisis civilizatoria.

Esto forma parte de la homogeneización de las sociedades, que buscan hacer seres humanos de fácil adaptación a los designios sociales. Es ahí el punto de encuentro entre los dos silencios: el de los niños y el de los adultos. Los primeros se acallan a partir de la visión progresista o evolucionista de los adultos, aquellos que han pasado ya por un proceso de adaptación social; y los segundos son acallados por sí mismos, por su “desarrollo” social.

La racionalidad del adultismo se ha robustecido gracias a la verdad creada por los discursos del poder, de ver a la edad como definitoria de la capacidad, misma que reduce la posibilidad de búsqueda de nuevas formas de ver la vida. El adultismo es una episteme que ronda todas las concepciones modernas de organización social. Por ello, cualquier intento de desujeción de la verdad puede ser una puerta con nuevas expectativas humanas.

La concepción evolucionista de la infancia Son múltiples las concepciones de la infancia que existen a partir de las diferentes aristas del conocimiento. La psicología, la antropología, la sociología y la pedagogía, son algunas de las ciencias que han definido ciertas visiones de estudio de los niños, a partir de ello, se crean formas de ver y tratar a ese sector de la sociedad.

Evolución, orden, progreso, organización primitiva, civilización, humanidad, biología, cultura, estadios históricos de las instituciones, mejora, estructura, complejidad, periodos de las sociedades y unificación de las diferentes culturas son conceptos que definen la perspectiva evolucionista de la sociedad y las instituciones, cuya visión ha permeado las relaciones entre los adultos y los niños. A partir de ella, también se ve a los niños, como infantes o menores. El origen etimológico de la palabra infante proviene del latín, infans -ntis (de la cual proviene infante) se forma con el prefijo privativo in- antepuesto a fante, participio presente del verbo fari ‘hablar’, o sea que infans significa literalmente ‘no hablante’. De manera que podríamos decir que, cuando hablamos de infancia, hablamos, o por lo menos hemos hablado, de quienes no tienen voz.

Entonces, cuando nos referimos a los infantes, estamos negando la capacidad comunicativa de los niños, pues al considerarlos como “sin voz”, se acallan, se mudan, se reducen al silencio. Michel Foucault decía sobre la sexualidad que ésta no sólo no existe “sino que no debe existir y se hará desaparecer ante la menor manifestación –actos o palabras-” (Foucault, 2007: 10). Dicha afirmación se puede trasladar al tema del silencio de niños, pues al no permitir su posibilidad de hablar, se convierten en seres inexistentes en el presente, y cualquier intento de darles visibilidad o existencia, se trata de acallar, pues rompe con la realidad creada a lo largo de los años. Así, la niñez es cuidadosamente encerrada.

La boca de los niños se reduce a abrirse para preguntar, pues su conocimiento del mundo que le rodea les hace cuestionar todo cuanto existe. Pero ese preguntar es aceptado porque más que ser voz propia, corresponde a su “ignorancia” de los preceptos sociales. Los adultos entonces, permiten a los niños hablar cuando de su voz se crean preguntas que ellos deben responder con una verdad absoluta, misma que se espera que los niños entiendan, acepten y reproduzcan en adelante. Sus palabras son consideradas como aquellas que no poseen un valor igual al de los adultos, calificada socialmente de tal forma, pues los niños no poseen todavía la capacidad de opinión, por tener una menor edad y porque sus ideas a veces salen de la realidad del poder.

Por su parte, la estructura legal ha llamado a los niños menores. De acuerdo a la Real Academia Española, el significado de la palabra menor refiere a algo que es inferior a otra cosa en cantidad, intensidad o calidad. Aunque también lo define como aquel ser humano que tiene menor edad que otro.

Ahora, si consideramos que las palabras dicen mucho más de lo que quieren decir, y que el lenguaje no es transparente ni inocente, que tiene un lado obscuro o invisible y está relacionado con el poder, de acuerdo a los analistas del discurso como Teun Adrianus van Dijk y Michel Foucault, las palabras menor e infante, refieren un hecho social, una visión del mundo, una episteme.

El adultismo es una forma evolucionista o desarrollista de ver a la infancia, de considerarla como un sector de la sociedad que requiere ser adaptado a ella, porque no tiene la capacidad de actuar por sí misma, proveniente principalmente de la teoría psicológica de Jean Piaget, que fue pensada en un contexto determinado.

“El enfoque evolutivo de Piaget supone la descripción cuidadosa y el análisis teórico de los estados ontogénicos sucesivos, desde la primera infancia a la edad adulta, en una cultura particular” (Kraemer, 1999: 27). Su teoría ve al proceso de inteligencia del individuo, como un desarrollo al pasar del tiempo, cuando uno se vuelve adulto o tiene más edad, entonces, ha habido una evolución cognoscitiva. Esta forma de entender el funcionamiento intelectual, conlleva en su seno una consideración de más y menos, es decir, una diferenciación de capacidades no por la capacidad en sí misma ni por la persona, sino por la edad y por etapas de desarrollo, que no son las mismas en todos los seres humanos, pues se ven imbuidas en situaciones contextuales diversas. Los elementos exógenos forman parte de ese “desarrollo” del ser humano.

Esta visión psicológica, no considera el aspecto socio-histórico de los individuos y de las sociedades, pues al pensar a los seres humanos como individuos que evolucionan de acuerdo con su edad, estaríamos afirmando que los niños tienen menos desarrollo que los adultos. A su vez, se afirma que los adultos tienen mayor capacidad de opinión, decisión y conciencia de su realidad que los niños. De esta manera la vida de las sociedades se homogeneiza y se reduce a una visión científica de ver el mundo: la psicológica –individual y desarrollista-. Sin embargo, los individuos no son individuales, son sociales, que se van formando de acuerdo a los elementos contextuales que definen sus realidades. Los niños y los adultos son seres histórico-sociales, pues como asegura Foucault, se bebe entender al “cuerpo impregnado de historia” (Foucault, 2001: 15). Esa historia que define los pensamientos y las acciones de los seres humanos, así como las múltiples subjetividades y relaciones entre ellas.

¿Los niños son sujetos u objetos? Los niños son seres humanos, pero han sido objetivados en sociedad. ¿De qué forma? ¿Por qué? ¿Qué nos ayuda a entender su pérdida de subjetividad? La Convención de los Derechos del Niño fue el primer instrumento que incorporó los derechos humanos, civiles, culturales, económicos, políticos y sociales, entre los que destacan tres categorías principales: los derechos a la supervivencia y al desarrollo, los derechos a la protección y los derechos a la participación. Con ello, se cubre, de acuerdo al adultismo, las necesidades de los niños del mundo, bajo principios de no discriminación y aplicabilidad universal. Pero, esta categorización también nos permite visualizar la forma en la que es considerado al niño. Veamos: Los derechos a la supervivencia y al desarrollo, especifican el derecho a la vida y al desarrollo del niño, entre los que se incluyen una adecuada alimentación, vivienda, agua potable, educación oficial, salud, recreación e información sobre sus derechos. Ello, con el objetivo de que el niño sobreviva en cualquier ambiente. Los derechos de protección, incluyen la defensa del niño ante cualquier tipo de explotación, abandono o crueldad, e incluso a una protección especial en tiempos de guerra y abusos por parte del sistema judicial.

Los derechos de participación, establecen el derecho a su libertad de expresión para dar a conocer públicamente su opinión sobre cuestiones sociales, económicas, religiosas, culturales y políticas. Al emitir una opinión también se establece el derecho a ser escuchados, el derecho de información y de libertad de asociación. Dice la Convención que “en su proceso de crecimiento ayuda a los niños y niñas a promover la realización de todos sus derechos y les prepara para desempeñar una función activa en la sociedad… La comprensión que tengan los niños y niñas de los derechos dependerá de su edad” .

Pero no todo termina ahí, la Convención exhorta a los padres a ser quienes se hagan cargo de los niños y les expliquen sus derechos en "consonancia con la evolución de sus facultades" (artículo 5). Clara visión desarrollista del marco Internacional de Derechos Humanos.

Ahora bien, ¿al ver a los niños con pocas facultades, se les considera como seres tan valiosos en el presente como los adultos? Los derechos de los niños son de suma importancia porque buscan su bienestar, sin embargo, los considera como seres del futuro, no como seres del presente, con capacidades en este tiempo y espacio.

La palabra escrita y hablada sobre los derechos de los niños endulza los oídos de cualquiera, sin embargo, su aplicación visualiza una realidad que aún no se alcanza, principalmente porque los niños siguen estando invisibles y subestimados incluso en las leyes internacionales para ellos. ¿Son realmente para resguardar sus vidas y sus necesidades, o son una forma de resguardo de las injusticias sociales que viven los niños, pues atrás de esas palabras que refieren “desarrollo”, mueren en el mundo 19 mil niños diariamente por causas evitables ?

La objetivación de los niños se da a través del lenguaje en primera instancia, en ese hecho discursivo global, al referirnos a ellos como menores, infantes o de una manera despectiva de sus capacidades. En segundo lugar, al tratarlos como seres humanos del futuro que se encuentran en desarrollo. Pues al hablar de ellos no en presente sino en futuro, valoramos solamente la edad adulta, lo que viene, lo que será, se añora el tiempo en el que ellos alcanzarán se pleno desarrollo. “Los niños son el futuro de nuestro país”, es una frase coloquial que nos ayuda a entender que el niño es inexistente, y lo que se pretende es terminar con esa etapa de manera inmediata, acallando su voz y sus opiniones, invisibilizando su ser, haciéndolo pasivo, al ser dependiente en su totalidad de un adulto en los diferentes ámbitos de su vida: la familia, la escuela, la calle. Las decisiones de los niños generalmente son tomadas por los padres o tutores, incluso, el devenir de su vida, es decidido por los adultos. Ellos definen como deben vestir, qué deben comer, dónde deben estudiar, a qué hora deben hacer la tarea, qué deben jugar y dónde no. A pesar de todo ello, la objetivación que se pretende no se alcanza en la totalidad, pues la forma de resistencia de los niños ante su realidad es la diferencia, la subjetividad, eso que no entra dentro de la lógica y la verdad del poder.

Silenciar a los niños. Mecanismos de control de la infancia ¿Son las instituciones las herramientas de legitimación de las violencias y las injusticias? Foucault en Vigilar y Castigar (1975) explica las técnicas que producen los cuerpos dóciles, entre las que se encuentran las cárceles, los hospitales y las escuelas, yo le agregaría uno más: el hogar. Es en el seno familiar en donde caen en desuso los valores o principios sociales o donde se fortalecen, pues es un núcleo base en la vida de los seres humanos, entendida ésta en cualquiera de sus nuevas formas de constitución actual.

En dichas instituciones que da vida a la organización social, se inscriben mecanismos de poder que determinan la conducta de los individuos y los somete a ciertos fines de dominación (Foucault, 1990). Todo ello desde el inicio de su vida hasta el fin de ésta. La superestructura social se cuela por las venas de los nuevos individuos a través de la cultura, que se vuelve parte de su identidad, que lo define como el ser que expone en la vida pública.

La técnicas del poder son polimorfas, se encuentran en muchos lugares y en formas infinitas, con efectos que pueden ser “de rechazo, de bloqueo, de descalificación, pero también de incitación, de intensificación…” (Foucault, 2001: 19). El control, invisibilización y homogeneización de la niñez, se convierte en una técnica del poder, de la microfísica del poder, ése que se desenvuelve en las relaciones más cercanas, en los discursos y las ideas más normalizadas.

Escuela Como parte de mi trabajo de investigación relacionado con la educación básica y las percepciones de los maestros sobre los niños, me he encontrado con infinidad de ejemplos que ayudan a comprender la relación entre los profesores y los alumnos. Una maestra me contó un suceso ocurrido en una escuela pública que ejemplifica claramente la objetivación de los niños en la escuela.

Se llevaba a cabo una dinámica de rotación de maestros en quinto grado, es decir, cada maestro impartía una hora clase y posteriormente pasaba al siguiente salón a impartir la misma clase a otro grupo. Sin embargo, esta forma de organización de los profesores, hacía que cada uno de ellos dejara tarea para el siguiente día, es decir, la tarea era el doble o triple de lo que se dejaba con la dinámica tradicional de enseñanza, en la que cada grupo tenía un solo maestro. Poco duró la aplicación, pues los padres se organizaron, realizaron el oficio correspondiente, recopilaron firmas y se presentaron ante el Director solicitando que se regresara al sistema tradicional, argumentando que la tarea que se dejaba a los niños era demasiada y que ellos no eran capaces de hacerla toda en una tarde. De esta manera se revocó la dinámica.

Un par de días después, cuenta la maestra, una niña se acercó a ella para cuestionarle sobre lo ocurrido: ¿Por qué a nosotros no nos preguntaron maestra?... Una pregunta que responde muchas otras. ¿Por qué no les preguntaron a los niños sobre su actividad en la escuela y en la casa? ¿Por qué nos les preguntaron a los niños si querían seguir con la dinámica? ¿Por qué los padres y las autoridades tomaron una decisión que correspondería a los niños?

Porque a pesar de que la escuela se compone en su mayoría de niños, las decisiones las toma la minoría adulta, con el argumento de que es lo mejor para ellos. ¿Cómo saber qué es lo mejor para ellos, si vemos su realidad desde la nuestra? ¿Cómo saber lo que ellos piensan y quieren, si no les preguntamos ni los oímos? ¿Cómo pretendemos conocerlos desde nuestra trinchera, desde nuestro lugar de autoridad, de seres portadores de la verdad?

Si bien es cierto que el carácter de la escuela es puramente disciplinario, éste se ha convertido en un control casi imperceptible. Aunque la educación se está transformando vertiginosamente con las nuevas tecnologías y la necesidad del desarrollo de las competencias, las percepciones de la dinámica educativa tradicional continúan vigentes: el maestro es la autoridad, el que sabe; y los niños son los que escuchan, callan y aprenden.

“La infancia es una construcción histórica, que tal como hoy la conocemos termina definiéndose durante la modernidad… Este momento estratégico para la conformación del dispositivo responde a la necesidad de organizar la vida de los niños, principalmente a través del sistema educativo, encarar su desarrollo fundamentalmente moral, propiciar la intervención en relación a su identificación administrativa como sujeto y habilitar un proceder burocrático en torno a igualdad de derechos y oportunidades” (Bertolini, 2010: 2-3).

Los alumnos, entonces, ocupan un rol social construido históricamente, en un espacio que controla y es controlado a la vez, que permanece en una dinámica de adultos que determinan las mentes y acciones de los niños.

Familia Los niños en la familia conforman la parte de dependientes, tanto económicamente, como de protección y sobrevivencia. En este núcleo, se pretende disfrutar de los derechos de supervivencia y desarrollo y de protección. Los padres buscan satisfacer las necesidades humanas de los niños. Sin embargo, los derechos de participación se ver reducidos, no están ni manifiestos ni latentes. Las decisiones que a ellos afectan, regularmente las toman los padres o los hermanos mayores. Así que ser niño en casa es también permanecer en la oscuridad del poder existente en el espacio privado.

Los “sin voz” siguen sin voz. Los niños son los que deben recibir órdenes y acatarlas. Los que hacen lo que los padres dicen, los que reciben los castigos si se salen de las normas, los que pueden dormir en la cama de mamá o donde haya un espacio pequeño para ellos, los que juegan en el tiempo que los padres destinan para esa actividad, los que buscan lugares para correr, gritar o rayar, los que tienen que comer lo que se les da “por su bien”. Los niños en la casa, son los pasivos, los silenciados, los inexistentes, los que no comunican, o más bien, los que no sabemos escuchar.

Sociedad controlada ¿Cuándo se controla a la niñez, se controla a los adultos? ¿Los adultos saben que al controlar a los niños se controlan a sí mismos? ¿El poder es normalizado desde la niñez? Es un círculo de poder microfísico, un mutismo que impone el silencio a fuerza de callarse, una censura sin coerción. “Se han establecido regiones, si no de absoluto silencio, al menos de tacto y discreción; entre padres y niños, por ejemplo, o educadores y alumnos, patrones y sirvientes” (Foucault, 2001: 26).

Es una relación inminente de poder, en la que si bien se acalla al niño, no se acalla el discurso sobre el niño. De hecho, se habla sobre los niños, se politiza su condición, se sensibiliza sobre la pobreza con el uso de las imágenes de niños desvalidos y desnutridos, se habla de la guerra con niños huérfanos, se habla de las reformas educativas por el bien de los niños, se crean políticas sociales en favor de los niños, se legisla para resguardar sus derechos. Hay muchos discursos alrededor de la imagen de un niño, pero todos ellos, forman parte de la misma visión, de la misma percepción del niño como ser incompleto, como ser del futuro. Se ve a los niños desde una visión del adulto que ha sido guiada hacia un puerto de verdad del poder. La superestructura es ese todo amorfo que llena a la infancia de las necesidades creadas desde el otro que no vive su condición, desde la otra parte que se cree todopoderosa, pero que no es consciente –a pesar de su edad-de lo que dice ni de lo que hace, que más que empática es autoritaria.

“… se debe hablar como de algo que no se tiene, simplemente que condenar o tolerar, sino que dirigir, que insertar en sistemas de utilidad, regular para el mayor bien de todos, hacer funcionar según un óptimo” (Foucault, 2001: 34). Ese óptimo es el orden social, que menosprecia las capacidades de los niños bajo un discurso legitimador de bienestar y calidad de vida, que acalla las nuevas mentes, las nuevas intenciones, las nuevas inspiraciones, las nuevas creaciones y cambios.

Conclusiones Los discursos, las percepciones y las acciones de los adultos dirigidas a los niños se dan a partir del lugar en que éste último se encuentra. Es una relación de poder que se ve siempre desde los ojos adultos. El tema que nos ocupa, no trata de conocer al poder como dominación y supremacía, sino como ese conjunto de relaciones en un campo de interacciones cotidianas, mismo que se trata de ver como una posibilidad de reversibilidad, de inversión posible. Al ser acallados o reducir las capacidades de los niños, se niega al sujeto, pues no cuenta con el “desarrollo” adecuado para formar parte activa de la sociedad. Esta visión evolucionista del pensamiento permea todas las esferas sociales, pues los niños son tratados de la misma forma en cualquier espacio en el que se encuentren, ya sea la casa, la escuela o los espacios de socialización. Se habla de “bajar el lenguaje a su nivel”, de “explicarles los temas de acuerdo a su desarrollo”, es decir, se trata de aumentar la brecha de diferencias de capacidades entre el adulto y el niño, y de reducir las posibilidades de existencia y libertad de pensamiento y expresión en los niños, a pesar de que los derechos de participación los “resguardan”. Los adultos se controlan a sí mismos, pero no del todo, permanecen las diferencias no homogenizables como forma de resistencia.

Bibliografía Benjamin, Walter () “Sobre el concepto de historia” En: Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Edición y traducción de Bolívar Echeverría. México. Prólogo y tesis sobre el concepto de historia. Kraemer Bayer, Gabriela (1999) Racionalidad práctica y dominación cultural. Plaza y Valdés Editores. México. Foucault, Michel (s/f) “¿Qué es la crítica?” Documento Electrónico. Foucault, Michel (1975) Vigilar y Castigar. Siglo XXI Editores Foucault, Michel (1990) Tecnologías del yo. Paidós, Barcelona. Foucault, Michel (1992) “Nietzsche, la genealogía, la historia” En: Microfísica del poder. La Piqueta. España. Pp. 7 – 31. Foucault, Michel (2001) “El dispositivo de la sexualidad” En: Historia de la Sexualidad Volumen I. La voluntad de saber. Siglo XXI. México. Susana Bertolini, Marta (2010) Dispositivos y ciudadanía en la infancia. Buenos Aires, Argentina. Congreso Iberoamericano de Educación.

Dulce Reyes

Comincóloga y Maestra en Estudios para la Paz y el Desarrollo


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